viernes, 7 de diciembre de 2012

Film, Alan Schneider (un original de Samuel Beckett)

En alguna entrevista, Beckett alguna vez dijo: “No es únicamente que estemos más cansados a causa del ayer, es que somos otros, no ya los mismos de la desgracia de ayer”. Sobre qué hablaba, sólo él lo sabe, pues la frase da para diversas interpretaciones. 34 años más tarde, Beckett le mostró al mundo la personificación de esto que había dicho, mostrando un escenario poéticamente desolado, confuso y solitario con su única incursión al cine: Film (1965), escrita por Beckett, dirigida por Alan Schneider y estelarizada por un ya acabado Buster Keaton. Esta grandiosa (mini)película, la cual escasamente llega a los 18 minutos de vida, inicia con la toma de un ojo, muy parecido a aquel de Buñuel en Un Chien Andaloux. La toma cambia de dicho ojo a una pared alta, larga, erguida completamente de ladrillo, rematando con un desolado y decrépito edificio, una extensión del desolado y decrépito Keaton; realmente todo lo que el film muestra es decrepitud y desolación. Frenéticamente, en aquel momento, aparece corriendo un hombre histérico (Keaton), quien hace todo lo posible para filtrarse discretamente, camuflado por el entorno y permanecer invisible ante la cámara, que en ese momento comienza a seguirlo. Tras chocar con una pareja que se encontraba platicando a un costado del muro, el hombre entra por un portal hacia el edificio. No hay ruido, no hay gente, salvo una viejita que baja con una canasta de flores en la mano; la cámara la toma de frente, ella parece vernos directamente produciendo una muy desagradable sorpresa que la hace caer muerta. El hombre aprovecha esta trágica escena para escapar de la cámara. Unos segundos más tarde, el viejo hombre entra a lo que parece ser su apartamento.

Esta escena del apartamento es quizá lo más significativo de toda la historia; la habitación, así como el exterior del edificio, la pareja y la recién difunta viejita, denota aquella decadencia del hombre que ha entrado nervioso y acelerado, con sus muros desnudos e iluminados desde la parte superior. La cámara, a excusa de seguir a Keaton, nos muestra todos los elementos que se encuentran ahí dentro: la cama, la ventana, la mecedora, el espejo, la foto de Dios, la jaula, la pecera y una canasta con un perro y un gato. Cada uno de estos parece haber estado esperando su llegada, pues lo miran detenidamente, como si supiesen algo de él, algo que incluso él mismo desconoce. Pronto, el personaje cuyo nombre desconocemos, así como su pasado o incluso su presente, a pesar de estarlo presenciando, recorre la habitación con cierta extrañeza, tocando las paredes cual hombre ciego que intenta conocer el mundo a través de los otros sentidos. Sin embargo, la falta de sonido alguno hace hincapié en que tal vez no es solamente ciego, sino sordo, o por qué no, acusa al espectador, a uno como testigo, que lo que vemos es la blancura de la ceguera y lo que escuchamos es el ruido del silencio; nosotros estamos tan ciegos, sordos y decrépitos como aquel que vemos deambular desolado en pantalla. Así pues continúa el vaivén de Keaton por la habitación, un ballet magistralmente coreografiado, incitado por aquellos elementos que se han percatado de su presencia, alterándolo profundamente; en consecuencia, el hombre se irá deshaciendo de cada elemento sobre el cual posa su vista, comenzando por el espejo. Este, el espejo, podría ser el elemento más importante, reflejando no solamente su estado de cansancio físico, sino su propia mirada, esa mirada que tanto evita revelar ante la cámara; la mirada que esconde de nosotros los espectadores y de él mismo. El segundo elemento al cual se le otorga relevancia es el colguije de Dios sobre la ruinosa pared; una escena cargada de simbolismo, creo yo, ya que todo el juego de movimientos que hace el sinnombre, su constante estado de alarma y angustia, parece buscar a su único testigo (jugando con esto de que se ha roto la 4ª pared y uno como espectador lo ve también), el único al cual quisiera confirmar como tal. Sin embargo, toda la vida es un constante rechazo hacia Dios, en el sentido de que las cosas que hacemos, o mejor dicho, aquello que buscamos hacer, son las cosas que tienden a ser mal vistas, incluso prohibidas, castigadas, etc., pero ya podríamos debatir qué visión de Dios se está manejando en la escena, si aquella deidad racional germinada entre las reglas humanas, o aquella deidad subjetiva, ambigua, espiritual creada a partir de la nada que apela hacia el sentido común individual y no al salvajismo colectivo.

Así pues, el Keaton irreal se va deshaciendo de todo, hasta que dar sólo él; un hombre, el único elemento en el universo, sentado sobre su mecedora, hurgando entre viejas fotos que develan las etapas de desarrollo del hombre: como bebé, como niño, como adolescente y así sucesivamente hasta terminar con la fotografía de su persona actual. Esta es la primera vez dentro del filme que vemos a Keaton en su totalidad: un viejo, cansado y maltratado por los sucesos de la vida; un hombre que perdió, o desperdició el poco tiempo que poseía. Él mismo parece percatarse de esto, así que, con ese mismo ímpetu violento con el que irrumpe en el apartamento, comienza a romper las fotografías, eliminando cualquier rastro o evidencia de su presencia en la vida. Fatigado por las emociones, se queda dormido, y la cámara (o Dios, o nosotros) se mueve libremente por la habitación hasta terminar encuadrando al viejo Keaton dormido. Finalmente, despierta sobresaltado y muestra aquella misma expresión sobre el rostro que la mujer de las flores y la pareja en la calle; mira atentamente a quien lo ve: él mismo. Él mismo permanece frente a él, de pie, observándolo, juzgándolo. Bajo semejante escrutinio originado de su misma persona, el viejo Keaton que permanece sentado sobre la mecedora, se cubre los ojos y comienza a mecerse, hasta que termina el filme, nuevamente con el ojo que mira intensamente a través de la cámara. Curioso ver cómo un breve instante nacido de la mente de Beckett nos avienta sin aviso hacia un constante debate simbólico y metafórico de todo cuanto percibimos.

En entrevistas posteriores a la película, Schneider declaró que, a pesar de llevar él el título de director, la verdadera mente encargada de la realización del filme fue Beckett, quien permaneció siempre presente durante el rodaje, y su presencia realmente se transmite a cada segundo. Durante la trayectoria de la película, es posible respirar un aire de completa austeridad, de negligencia, de existencias disminuidas a tal grado que corren el peligro de desaparecer. Film es el retrato de un hombre, hastiado de tantos ayeres, errores, aciertos, experiencias y recuerdos. Es una historia de un carácter filosófico bárbaro, se quiera o no, pues uno no simplemente termina de ver el corto y autoritariamente exclama “me gustó”, o “no me gustó”, o “me pareció regular”. Innegablemente uno debe analizarla y debatirla, sin importar la participación de un segundo o tercero; esta es una de esas experiencias que nos ensimisma y pregunta las cuestiones que muchas veces dejamos de lado por flojera o miedo. Lo poco que he leído de Beckett me ha llevado a concluir que su obra surge a partir del propio cuestionamiento de él hacia él. O quizá no, quién sabe, quién soy yo para pensar tal o cual cosa. Sin embargo, esta es la interpretación a la cual me conduce su visión: la perspectiva de la huída, la decrepitud, la vida como interminable ciclo, Dios/Hombre, u Hombre/Dios, el silencio y la ceguera… y en qué momento todo el caos llega a tener sentido. Es verdaderamente impresionante e interesante cómo una pieza de menos de 20 minutos puede llegar a tocar de manera tan frontal, y a la vez ser tan oscuro en su mensaje, cuando llegamos a ver puestas en escena o películas que en tres horas no dicen absolutamente nada.

Aquí abajo podrán encontrar esta elemental obra cinematográfica, reducida a la pequeña pantalla del tutubo (curioso). Ya mentes como Beckett hay pocas y en esta versión de la modernidad, de la vida, en donde ya nada se entiende de nada, a veces este tipo de mentes son las únicas capaces de dar un poco de entendimiento a algo, a pesar de constante análisis que reclaman. Pero esta ya es una opinión que quizá deba descartarse por completo. 

(Y debido a que blogger se ha convertido en un pedazo de merde, no podré adjuntar esta joya beckettiana, por lo que mejor sigan el camino amarillo: http://youtu.be/Qox-KbkXITU ).