viernes, 20 de marzo de 2009

Mi droga.

En unos momentos más debo de comenzar con mi ritual de embellecimiento y, aquí entre nos, me da una enorme y tremenda flojera, pero bueno, no hay más que decir en el asunto, es una de esas cosas que se tienen que hacer (ja-ja-ja). Aunque no se cómo lograré levantarme y romper el bellísimo trance en el que me encuentro y no es gracias a un halucinógeno, ni a una excesiva cantidad de alcohol en mi organismo, pero si habrá que nombrarlo de alguna manera para hacer valer mi punto de por qué me encuentro en tal estado, llamémoslo 'droga'; gracias a mi droga no puedo ni mover un músculo, me he perdido entre las Flores de Amaltea y no pienso volver.
Estoy ensimismada, totalmente abstraída del mundo y todo me es tan ajeno y me ha sido tan distante durante el transcurso del día; he visto al mundo girar en cámara lenta y me ha gustado. Todo se detuvo y dejé de envejecer, hasta cierto punto. No he podido dejar la música en paz, no he permanecido en silencio por nada y para nada, y esto es que... ¡Hay tanta música TAN buena! Es estúpido la emoción que me envuelve y me da, pero es cierto -y qué consuelo tan grande de no ser la única-, es verdaderamente una droga para mí, entre más la escucho más la necesito. Soy muy repetitiva en este punto pero, no lo puedo evitar, es un llene de armonía que deja fuera a todo lo demás, no hay cabida para otro asunto, otra cosa e, inevitablemente, no hay cabida para problemas y malas sensaciones, odios y pensamientos no deseados, etc.
Me desespero tanto luego con la gente que cierra su mente y no se dispone a escuchar cosas nuevas, que se encierran en su pequeña burbuja de cristal, que se dejan guiar por la corriente -pero ni siquiera la buena-, que son presas fáciles del marketing de aquellos titanes corporativos que no saben de arte, ni melodía, ni tacto, ni cultura. Toda aquella gente que ha vivido su vida zombificada por el lavado de cerebro de la globalización. Cómo quisiera romper burbujas de cristal. Y es que, el problema de vivir en una frontera como Juárez, limita mucho el crecimiento cultural de aquella gente que vive en un cuadrado, aunque.. bueno, acepto que podría estar mucho peor. Eso sí, hay esperanza al final del túnel.
Mi lamento conforme a esta ciudad es precisamente aquella limitante cultural... ¿por qué rayos no llegan buenos conciertos a la ciudad? ¿Buenas presentaciones artísticas? Qué daría yo por ver en mi ciudad concierto de músicos de calidad y música de calidad. Obras teatrales de calidad. Películas de arte, de culturas diferentes, de enfoques diferentes. ¿Por qué es tan difícil, pequeño camaronsito, salir de la corriente? ¿Por qué?
Después de un extenso período de tiempo -me quedé mirando la pared pensando en aquellas preguntas-, regreso ahora al tema del cual me he desviado un poco, si es que había uno. ¡Música! Bella, soberbia y magnánima música. ¡Eso es! Hablaba de música. Pero más que hablar y ustedes escuchar -o en este caso yo escribir y ustedes leer-, dejen de hacerle caso a una melómana desquiciada y e-nerd-ecida por la industria musical (la verdadera, la artística) y escuchen un disco que los haga perderse en el universo, que los vuelva invisibles a los ojos de los mortales.
(Escucho el nuevo disco de The Decemberists, por si ayuda, está... UFF! Soberbio. Pero ya escribiré en otro momento sobre eso).