martes, 31 de julio de 2012

Sobre gatos y mujeres depresivas

Ciertas tardes -como ésta, precisamente-, llenas de lágrimas, de dolor, de soledad, de depresión, las pasaba sentada en su apolillado sillón, sosteniendo una cuchara plateada en una mano, un litro de leche a punto de expirar en la otra y con las rodillas sosteniendo algún bote de betún de chocolate que hubo sobrado tras haber horneado pasteles para algún cumpleaños de Fulana, Sutana o Perengana. Cucharada tras cucharada, a la boca entraba una fina mezcla de saladas lágrimas, chocolate y leche. Y con cada probada de aquel pastiche, sentía su corazón latir cada vez más lento, pausado y relajado. Muy pronto la crisis pasaría y debería encontrar nuevas escusas, o mejor dicho, justificaciones para explicarse el por qué había terminado nuevamente como garrapata sobre el sillón, con los ojos hinchados de tanto llorar y la blusa embarrada de lágrimas y chocolate. Nadie sabía de estos momentos de histeria reprimida, las explosiones de melancolía, nadie salvo el pobre gato de mala suerte sufría. Ah, suspiraba sintiendo la mezcla de betún y leche bajando por la garganta, si los gatos hablaran, dijo; su gato tan sólo pensó en lo gorda que terminaría de seguir esta rutinaria dieta de leche, lágrimas y chocolate.

Ana Pau.
Mini-ficción #1, Julio 2012
9:07pm