jueves, 22 de marzo de 2012

Sobre poesía (Ejercicio #4)

Si tan sólo fuera poeta, para no batallar tanto al escribir. Me terminé una rebanada de pastel, me tomé una taza de café, de sorbo en sorbo, para que durara mientras escribía esta entrada en mi bitácora espacial; sin embargo, en el intento de forzar las palabras, caí presa de distractores y distracciones, me permití vagar y el café terminó por enfriarse. Ahora, sin café y sin pastel, me apoyo en Dylan y "The Man In Me", canción que escucho en este preciso momento.

Decía Aristóteles que el hombre es el ser de la palabra, pero ahorita la palabra no está en este ser. Es difícil escribir cuando no llegan en el momento en el cual las convocamos y me pregunto cuál es el secreto. ¿Cómo le hacía Bob? Bob, contesta. Aunque sé que Bob está demasiado ocupado para contestarme... y a estas alturas del juego, no creo ya que pueda contestarme. Pero Bob no es el tema de esta entrada, sino la poesía. El día de ayer, día que terminó hace escasos minutos, se celebró al poeta, a la poesía. Una celebración que no debería de ser poca cosa. No soy una experta en el tema, incluso mi amor por la poesía ha llegado ya muy tarde en mi vida; de pequeña, de adolescente y de young-adult, jamás mostré interés o pasión por ella. Mis tristes y patéticos intentos por escribirla fueron escasos. Crecí con la errónea idea de que toda la poesía hablaba de amor, de cursilerías, de vidas de color de rosa y ese tipo de imágenes me provocaban náusea. Pero he aquí que entré a mis 20-quiúbole a estudiar Literatura y me aturraron poesía por cada poro de la piel. Me negaba a dejarla entrar, me negaba a admitir su coquetería... todo eran reglas y más reglas y teoría y figuras retóricas y metáforas y no entendía. Me perdía en ese mundo... hasta que algún maestro nos llegó a decir que debíamos pensar en imágenes y no pensar las palabras; derrepente entendí todo lo que Saussure llevaba semestres enseñándome, y aunque no quise admitirlo en un principio, me enamoré. Poetas como Quevedo, Reyes, de Ory, Baudelaire, Bretón, Huidobro, Leduc, Nandino, etc., etc., etc., me hablaron de cosas que jamás imaginé; mis ojos se abrieron a la par de que yo me abrí ante ellos. Jamás había pasado ante semejante escrutinio; me vi a través de los ojos de alguien más, algunos otros más y fue una de esas experiencias que cambian y marcan y jamás se olvidan.

La verdad es que sigo sin ser experta en el tema; soy malísima para recordar bien la teoría y me toma tiempo desentrañar poemas. La retórica sigue siendo muy retórica para mi gusto y ya de métrica ni qué decir. Pero, a final de cuentas, a quién le importa. La vida no puede medirse o seguirse según lineamientos, reglas, teorías, maneras, ni limitaciones y mucho menos la palabra... la palabra convertida en hombre, y a final de cuentas, el hombre. Dice Steiner que el canto del poeta "edifica ciudades, sus palabras tienen ese poder que, por encima de todos los demás, los dioses querrían negarle al hombre, el poder de conferir una vida duradera [...] El poeta es hacedor de nuevos dioses y perpetuador de hombres." No hay limitaciones para la creación, quizá la muerte y aun así, en muchos casos, se puede ver cómo hay quienes, a través de la palabra, permanecen vivos incluso siglos después de haber muerto, digo Reyes parece tener un muy buen entendimiento del tema (Esta frescura de saber/ que también nos vamos de aquí,/ ¡qué novedad en la conciencia,/ qué persuasión blanda y sutil!) y lo sigue compartiendo años después de haber dejado este mundo. Quizá la poesía es, verdaderamente, la manera de vivir eternamente.

Y bueno, sigo escribiendo y lo único que deseo es leer poesía y dormir. Será dormir y leer poesía en esta ocasión, mientras, les dejo uno de mis poemas favoritos por Carlos Edmundo de Ory: 

He vuelto ahora sin saber por qué
a estar triste más triste que un tintero
Triste no soy o si lo soy no sé
la maldita razón porque no quiero

He vuelto ahora sin saber por qué
a estar triste en las calles de mi raza
He vuelto a estar más triste que un quinqué
más triste que una taza

Estoy sentado ahora en un café
y mi alma late late
de sed de no sé qué
tal vez de chocolate

No quiero esta tristeza medular
que nos da un golpe traidor en una tarde
Pide cerveza y basta de pensar
El cerebro está oscuro cuando arde.

"En un café"