viernes, 2 de septiembre de 2011

Inicio y fin de un viaje natural.

Leyendo sobre asuntos escolares, me distraje por las hipnóticas melodías: oscuras, trágicas, melancólicas, ridículas, divertidas, sensuales, soberbias, legendarias… la concentración simplemente ya no se dio, y mi interés migró de un punto a otro totalmente diferente. Dejé mi cuerpo, ahí sentado frente al escritorio, frente al caótico desparrame de hojas cuyo contenido teórico comenzaba a adormecer mis sentidos; lo dejé inerte, tranquilo, con la mirada perdida en la grisácea pared torpemente iluminada. Ahí me dejé atrás y continué, al mismo tiempo, no en cuerpo, pero en esencia, en ser, hacia otro lado, liderada por el más inusual de los líderes; mas quién soy yo para negar semejante viaje, provocado por la más exquisita de las drogas (y aún bastante legal), por el mejor de los vicios, aquel que se presta a ser utilizado en toda su exagerada amplitud o en el más estoico de los gustos… viaje ininterrumpido, ilimitado, ilusionado, soñador, ridículo, estúpido, ocioso, agradable. Sin topar con el techo me atrevo a brincar en un mundo desproporcionado de gravedad alguna; y con esa misma ligereza con la cual he podido abandonarme al olvido del mundo, de la humanidad, de mí misma, con esa misa ligereza me enfrento ante la blancura que siempre me acecha, me intimida, me incomoda, me hace daño, me bloquea, me enfurece. Oscilando la mirada entre la grisácea pared y ese blanco pedazo de espacio que tanto acongoja la inspiración, escribo sin pensar y pienso en lo que escucho, pues este es el único camino que parece continuar hacia puerto seguro contra la indiferencia que esa blancura me provoca. Rasgueando fuera de tono, bajo el cielo del oeste, despojado de nube alguna, sigo este camino de terracería mental que me impide pues trabajar, una vez que aquel ilimitado viaje se vio violentamente obligado a finalizar. Y nuevamente me enfrento a la blanquecina franqueza del espacio irreal que frente a mi amenaza la vista jovial que comienza a fallar.