lunes, 3 de mayo de 2010

Reconstrucción, Christoffer Boe


Hay películas que deben admirarse durante la noche, solamente de noche, pues es justamente entre el abrazo de la oscuridad que liberan su magia, en donde nos podemos perder completamente, embriagados de la música, de la imagen y de la historia. Tal es el caso de Reconstrucción, película que desde la primera vez que la vi, me cautivó. La opera prima del director danés Cristoffer Boe es, para quienes aman ese cine que no todos ven, o que no todos entienden, una adquisición de a huevo, y que aquí entre nos, ya es difícil de conseguir en México, pues la distribuidora encargada de, vaya, distribuirla, la descontinuó, tristemente –y esto lo sé por un bocón en una tienda mixup en el DF que me lo dijo… y le creí-. Pero que no cunda el pánico, pues no hay nada que entre piratas e internet no se consiga. Dicho lo cual, prosigo con la película…

Iniciamos con un pequeño preludio, un truco de magia, en donde vemos a un hombre haciendo levitar a un cigarrillo y una metáfora, en la cual se contrapone el truco con el amor, o el enamoramiento, mejor dicho. Terminado el truco, nos trasladamos hacia el interior de un café en Copenhague, en donde un hombre y una mujer están a punto de conocerse, introducción hecha por la voz en off de August, nuestro narrador. Ella es Aimée, una misteriosa y bellísima mujer sueca en una misión para encontrar el amor y la espontaneidad hace mucho perdida dentro de su matrimonio. Él es Alex (Nicolaj Lie Kaas), un fotógrafo en una misión un tanto similar, aunque opuesta, pues su noviazgo con Simone lo provee de todo el cariño y el amor que alguien desearía tener. Así que esta premisa de los personajes principales se desenvuelve en un escenario de total embrujo y encanto, entre unas poéticas columnas de humo liberadas por el cigarrillo y el café.

August, esposo de Aimée, es un exitoso autor de novelas que viaja a Copenhague para promover su última creación, la cual aún no ha terminado de escribir, y que pronto descubrimos, es la misma historia que Alex y Aimée están viviendo -algo así como lo que sucede con Unamuno y su novela Niebla, en donde el personaje principal se ve arrojado al juego de su creador-, pero eso ya es adelantar un poco la historia. Una vez acomodados en el hotel, August se despide de su esposa para cubrir unas cuestiones de negocios con su asistente Mónica, Aimée, entristecida de no poder pasar más tiempo con su esposo, se dedica a deambular por las calles de Copenhague hasta toparse con el desdichado Alex en el metro, quien va acompañado de su novia Simone, y que el ávido observador se podrá dar cuenta de que Simone y Aimée es interpretada por la misma mujer (Marie Bonnevie), algo que dará pie a muchas interpretaciones. Alex, presa de la despampanante elegancia de Aimée, abandona a su novia (quien momentos antes había depositado en el bolsillo de Alex una nota de amor) en el metro y comienza a seguirla, hasta terminar en un café entablando una conversación coqueta y juguetona con ella. Las chispas vuelan por todo el lugar y Alex termina la velada envuelto en las sábanas con Aimée. A la mañana siguiente, vemos a Alex vistiéndose, mientras su sirena sigue profundamente dormida, e irse. Segundos después, Alex sale de la ducha y saluda a una muy despierta Aimée, quien le dice que su esposo está por llegar y él debe irse. ¿Confuso? Puede parecer la misma escena, pero no lo es, y es que debemos recordar que la historia de Alex y Aimée nos está siendo narrada por dos personas, la primera es el director (Boe) y la segunda es August, el narrador de la historia, el esposo de Aimée, el autor.

Aimée pues anima a Alex para verse más tarde y él le deja un mensaje sobre el lugar y la hora, adornado por su encendedor, dejado atrás intencionalmente como un souvenir de la noche anterior. Mientras esto sucede, August regresa de su noche de negocios y se topa a Alex en el camino, a quien le pregunta si tiene fuego para encender su cigarro. Éste le responde que sí, pero pronto se acuerda de que ha dejado su encendedor y le responde prontamente que ya no lo tiene, pues lo ha regalado y se va. August prosigue su camino, con esa frustración que sólo los fumadores conocemos cuando queremos desesperadamente prender un cigarro pero no tenemos manera de hacerlo (en fin), entra a la habitación mientras Aimée está en la ducha, así que no lo escucha entrar. La cama es un desastre, claro, después del revolcón de la noche anterior, detalle que no se le escapa a August, así como tampoco se le escapa la nota que Alex le dejó a su esposa con el lugar y la hora en la que se deben encontrar, junto con el encendedor. El pánico toma posesión de August y sale despavorido de la habitación, tan solo para entrar momentos más tarde, con la más profunda tranquilidad para saludar a su esposa, quien ya ha salido de la ducha y ha acomodado la habitación de tal manera para que, según ella, su esposo no note nada fuera de lo común. August, amorosamente, le propone a Aimée dejar la gira de promoción de su libro e irse a casa, pues lo único que desea es pasar tiempo con ella, emocionada, Aimée comienza a empacar tan sólo para terminar desilusionada, una vez más por su esposo, así que ella emprende su camino hacia el lugar en donde se encontrará con Alex.

Alex, por su parte, se ha visto arrojado a las sínicas fauces del destino, quien al parecer ha borrado evidencia alguna de que alguna vez haya existido. Ahora explico. Después de haber dejado el hotel, Alex se dirige hacia su departamento, tan solo para descubrir que éste ha desaparecido, y que, según la casera, dicho departamento jamás ha existido. En su confusión, Alex decide visitar a su mejor amigo tan sólo para descubrir que él tampoco le conoce, así que cae en la conclusión de que todo esto ha sido planeado, a manera de venganza, por Simone, su novia, así que decide confrontarla. Una vez que llega a casa de Simone, Alex le reclama el por qué de esa pesada broma y le ofrece disculpas por haberla abandonado en el metro y una incrédula Simone le confiesa que debe estar confundido, pues ella jamás lo había visto en la vida y se retira.

Mientras Alex intenta asimilar todo lo que le ha estado sucediendo, se dirige a su encuentro con Aimée. Al verla entrar, nervioso se acerca hacia ella, no sabiendo si lo reconocerá o no, pero a diferencia de los demás, Aimée le sonríe cariñosamente y se sientan. La tarde transcurre, entre jazz y bailes en el parque, con nuestros personajes respirando un aire de incertidumbre y pasión, algo que tal vez extrañaban de sus relaciones anteriores. Embriagados de la emoción, Alex le propone a Aimée escapar de sus vidas y fugarse, y ella accede. Una vez de regreso en el hotel, August confronta a su esposa, conociendo ya la intención que tiene de abandonarle y trata de convencerla de que no lo deje, incluso le muestra su novela terminada, y le explica que la mujer de su ficción es ella. Confundida, Aimée lo deja y se pierde deambulando por la calle.

De noche, Alex toma camino hacia el café en donde se encontrará con Aimée, pero en el camino, se topa con la figura de Simone, a quien distingue entre un grupo de personas dentro de un bar. Ella, al verlo, se acerca y le dice que le invite una copa. Platican y se coquetean, él hundido en un aire de nostalgia y ella atraída por el peculiar carácter de Alex. Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, Aimée espera angustiada a Alex, quien al parecer se ha olvidado de ella. En este momento, Alex se percata de que se le ha hecho tarde y corre en busca de Aimée, quien ya ha abandonado el café y se dirige de regreso al hotel, totalmente desecha. Alex logra alcanzarla y se disculpa por haberse tardado, ella le hace ver que la razón de su tardanza es porque ha dudado justo en el último momento. Volvemos a escuchar la voz de August, quien nos explica que, para que ella vuelva a retomar la confianza de Alex, deberá pasar una prueba, tal vez estúpida, pero significativa, al igual que Orfeo, al rescatar a Eurídice de las penumbras del inframundo, Alex deberá caminar frente a Aimée, confiado en que ella le seguirá. Si él llegase a voltear la cabeza, ella desaparecerá para siempre. Y si se saben la historia de Orfeo y Eurídice, sabrán qué sucede con Alex y Aimée. Está bien, les diré, Alex voltea justo en el último momento y ella desaparece. Desesperado, Alex va a buscarla al hotel y ella está ahí con su esposo. Se dirige a ella para tratar de entender qué es lo que sucede y ella lo desconoce, jamás lo ha visto en la vida. Ella se disculpa y se va con el marido. La escena que sigue inmediatamente a esta, es una escena en la cual Alex se está levantando de la cama en la cual Aimée duerme profundamente, se viste y sale de la habitación, una habitación completamente diferente a la anterior. Y la película termina.

No es una película sencilla, aunque sencilla parezca. En efecto, es una película, como muchas otras, sobre el amor, una historia de "chico conoce a chica", pero lo que esta tiene diferente es una cuestión existencial sobre la existencia o no existencia de Alex, incluso de Aimée, quien ha vivido a la sombra de su esposo mucho tiempo; hasta el hecho de que Aimée y Simone sean interpretadas por la misma mujer es por algo. Hay muchos a quienes la palabra "existencial" asusta, quiere decir que es de pensar, y pensar, pues muchos la piensan. Pero no hay que limitar las infinitas posibilidades del cine a sólo unos cuantos adjetivos en la etiqueta, primero hay que saborearlo completamente y ya después todo lo demás. Lo que sí es que esta es una película que hipnotiza desde el primer cuadro, hasta el último. Boe diseña las más bellas y poéticas imágenes, las cuales encuadran perfectamente con las frías y solitarias calles de Copenhague, mismas que, a mi punto de vista, juegan un papel igual de importante que aquellos de los personajes. Reconstrucción es una película para ver durante la noche, como ya he dicho; es una película para ver con la cajetilla de cigarros a la mano, créanme que les dará ganas de fumar.