viernes, 16 de agosto de 2013

Confesiones de una vieja universitaria.

"Estaba golpeando la máquina, un poco hambriento, un poco enfermo por el café y el tabaco, entregado con familiar felicidad a la marcha de la frase y a la aparición dócil de las palabras." Con respecto a esto, pienso que Onetti se regodea un poco, o mucho… incluso demasiado, en el hecho de que las palabras aparecen formadas a la orden de “ya”. Truena los dedos y aparecen. Quizá sí, quizá no, yo no sé nada sobre el asunto, a decir verdad; simplemente leía “El infierno tan temido” y de inicio leí aquella oración, y me sentí amenazada, burlada, como un infante recipiente del apunte de dedo burlón de un grupo numeroso de bullies. Sí, todos estos autores son bullies para mortales comunes y corrientes que aspiramos y soñamos estos sueños guajiros de transformarnos a través de las letras y las ideas. Nos deshacemos de placer ante el sonido de las palabras, las imágenes que forman y la posibilidad de trascendencia, de infinito que conllevan, pero cuando con toda humildad y gravedad necesitamos de ellas, se comportan como unas verdaderas perras –te doy esa Paz, aunque me caigas mal-. A pesar de todo ello, mejor ni hablo, mejor no me quejo. La verdad es que amo el sufrimiento que me provoca la ignorancia, más aún el penoso sentimiento de complacencia ante el (tarde) descubrimiento del inexistente hilo negro, es decir, el llegar idiota y enajenada al encuentro de voces que media humanidad descubrió antes que yo. Valga tanta confesión, padrecito, pero en mis decadentes días como vieja universitaria, esta retardada epifanía hubiera sido tan fructífera a la ingenua yo de hace cinco, diez años. Pero sin arrepentimientos. Más vale tarde que tarada. Y todo esto ha llegado a ser lo que es por culpa de Onetti; por culpa de unos cuentos que he tenido que leer como deberes escolarinos, escolásticos, eruditorios, erudísticos o cosas así muy rimbombantes que suenan a inteligencia. Ya mejor aquí le paro, porque comienzo a pecar de astuta.