viernes, 6 de abril de 2012

Fumando, bebiendo y escribiendo, monólogos narrados en tercera persona

... el silencio; el silencio mezclado con el único y glorioso sonido del cigarro al jalar ese veneno por la colilla; el sonido del papel quemándose; la pequeña brasa que brilla entre la oscuridad, mientras recibía el calor de la taza de café sobre las cadavéricas manos. Placer. Eso era todo. El placer de escucharse fumando y tomando; el placer de escucharse hablando monólogos tan aburridos que en cualquier otra ocasión la harían avergonzarse de semejantes banalidades, como el hecho de reflexionar sobre el placentero sonido del cigarro y la calidez de una taza de café. Durante cinco o seis minutos la vida era perfecta. En ella no había cabida para la maldad, ni el odio, ni las envidias, ni las carencias... era sólo una persona, sólo un ser en todo el mundo. Pero al término del cigarro, al final del café, al perecer esos escasos minutos, llegó la soledad de fumar sola, de beber sola y de hablar solamente consigo misma. Sus monólogos la avergonzaron una vez más y todo aquello que desapareció en ese momento, llegó galopando con tremenda violencia, golpeando todos sus sentidos. Adiós al placer y al engañoso estado de paz, de éxtasis. En cuestión de segundos todo se convirtió en una farsa; el fraude de la fantasía era la realidad que respiraba cada poro de esa reseca piel. Ese perfecto estado vital había quedado aplastado en el piso con la colilla del cigarro; con las negras cenizas y las torpes gotas de café derramadas entre las manchas de aceite del polvoriento piso de concreto. Parecía que la vida entera había quedado ahí, embarrada en el piso; la vida que inicia con el fuego pasional y termina hecha cenizas en el frío de la noche. "Qué gran paradoja" pensó, "esto de las similitudes entre la vida y los vicios".