martes, 21 de septiembre de 2010

Por la noche...

Queridos lectores que habitan este planeta de cada vez más no-lectores, no tengo mucho qué decir esta noche (o mañana para cuando lo lean, o tal vez noche nuevamente). Llevo más de dos horas leyendo, sentada en una cómoda y bonita silla de las cuatro que integran mi pequeño antecomedor, a falta de un buen sillón –es esto o la cama, pero de ser la cama sé que terminaría dormida al poco rato, o también el piso, pero después de un rato me duele el derriér-. He estado leyendo El libro vacío por Josefina Vicens, un libro que nunca había escuchado nombrar hasta hace poco, y que por encargo escolar es que lo leo. Les confieso que estoy disfrutando muchísimo de su lectura. La última vez que me saboree un libro de esta manera fue con Diderot y su Jacques el fatalista. Generalmente soy una lectora de esas lentas que de vez en cuando debe regresarse un par de párrafos para releer lo recién leído. Mi retención tiende a fallar también de vez en cuando. Sin embargo, no ha sucedido tal cosa esta ocasión, lo cual me ha hecho leer con cierta rapidez, lo cual me ha inyectado una especie de emoción infantil, ya saben, como cuando recitamos por primera vez las tablas de multiplicar sin titubeo alguno y completa confianza, o como cuando podemos recitar al derecho y al revés las diferentes declinaciones del latín, o como cuando logramos hacer que el carro encienda (en caso de que no quiera encender) sin necesidad de hablarle al hombre de la casa.

Mientras leía, escuché durante dos horas y pico, una y otra vez, un disco de Louis Armstrong que alcancé a bajar durante una clase en la cual se veía algo sobre Estructuralismo, principios lingüísticos y cosas por el estilo (si puse atención, lo prometo)… Louis va muy bien con El libro vacío. En especial el capítulo en el que José García decide ser el elegido para alegrar la vida de common-man, el hombre que ha sido vencido por la vida, el dinero, el trabajo y la mala suerte; en ese preciso momento, “What a Wonderful World” se escuchaba con la rasposa y sensual voz del Armstrong (así es, sensual). Demasiado prosaico tal vez, aunque en el momento fue una “algo” altamente placentero y que me llenó la piel de bolitas. Pero finalmente, capítulos más tarde, tuve que renunciar a la lectura a causa de los ojos, los cuales comenzaron a llorar, con venas venas saltonas, mismas que se tornaron de un rojo muy intenso. Al terminar intercambié a Louis por Esquivel.

Siempre que hago tarea, el antecomedor termina hecho un desastre. Ya no hay pedazo de la superficie que permanezca visible, todo se convierte en un mar de hojas, libros apilados, diccionarios abiertos, libretas de apuntes abiertas; la pluma aquí, el lápiz allá, el libro que, según yo leeré al terminar las labores, está en la esquina, el cenicero con tres colillas arrugadas y la cajetilla ya vacía. Una taza de café a medio terminar, un vaso que hasta hace unos segundos contenía agua al tiempo; mi celular que jamás suena (y no porque no sirva, sino porque nadie me llama, sólo mis padres), un pequeño encendedor de color verde-chinga-pupila, el anillo de matrimonio que me he tenido que quitar debido a que me queda un poco grande y se me resbala con cada golpe al teclado. Y ya cuando todo llega al punto de la exageración, debo de apilar las cosas, ordenadamente, en cada peldaño de la escalera. Pero qué puedo decir, me gusta mi desorden; lo caótico me llena la cabeza de ideas, me inspira, razón por la cual apilo las cosas… es un orden desordenado.

Bueno, eso fue todo. Leer El libro vacío provocó la necesidad de escribir, así como José lo hace en su cuaderno número uno; escribir sobre nada en específico, simplemente divagar. Y ahora, dejaré de escribir y permaneceré quieta, escuchando música, escuchando una orquesta tocando bajo la dirección de Esquivel, con un coro cantando “…y tal vez ni siquiera en tus sueños te acuerdas de mí… en el mar, junto a ti, junto a ti, junto a ti… Nocturnal… nocturnal”, mientras me fumo el último cigarro de la cajetilla que mi esposo dejó olvidada sobre la mesa.