martes, 17 de agosto de 2010

Mientras llueve

Después de unos horrendos días en donde el calor no daba tregua y las nubes tan sólo jugaban cruelmente con nuestros sentimientos, llovió por fin. Llovió, llovió y llovió. Tronó, tronó y tronó. La luz se fue y vino y se volvió a ir… y volvió a llegar. Y el agua entraba por adelante y por atrás. Ahora, tengo un pequeño patio bajo agua y ahora ese líquido precioso se filtra por las ranuras inferiores de la debilucha puerta de madera. Es por eso que me he resignado a solucionar un problema que no sé cómo solucionar, atascada en este islote sin comunicación alguna con el mundo exterior, me he calentado un plato de macarrones y una fría, y me he puesto a jugar solitario, sumándole la triste noticia de que no he podido ganar.

Parece una de esas leyes de Murphy… lava el carro y lloverá. Limpia tus pisos blancos y lloverá, y los pies llenos de lodo y agua y cuanta mugre arrastre el agua, habrán de terminar ultrajando la inmaculada belleza de una casa recién lustrada. Pero no me quejo, me gusta la lluvia, me gusta el sonido que produce cuando las gotas caen estrellándose estrepitosamente contra mi techo. Me gusta el sonido del trueno y la luz del relámpago, me gusta el olor a tierra mojada, me gusta el frío húmedo que resulta de esa veraniega refrescada. Aunque debo admitir, me gustaría mil veces más si hubiese algún triste cigarro en toda la casa y si el agua no estuviese transpirándose en mi cocina. Lo bueno (muy bueno) es que no tengo goteras.