jueves, 9 de septiembre de 2010

The Walkmen y lo que me sucedió cuando osé asistir a mi primer concierto

“We’ve Been Had” fue la canción con la que todo inició. Ese piano que embrujaba como con una canción de cuna, haciendo el “ven pa’cá” con el dedo índice; esa melodía salvajemente tranquila, el ritmo embelesador de sentidos… la sumatoria de estos elementos me cautivó y a partir de este punto me volví fan de esta banda neoyorkina. The Walkmen ya tienen rato moviéndose en la escena musical internacional y la sólida base de fans que a lo largo de los años se ha formado, como yo, se mueve en armonía con ellos. No es una banda que pueda llamarse comercial (gracias a Dios), en el sentido que Lady Gaga es comercial, o Madonna es comercial, o Coldplay es comercial… no. Estos muchachones mantienen su dignidad, su integridad, su carácter y su personalidad. Mantienen los acordes y los riffs, los ritmos y los beats. Mantienen su esencia, aquella que no cambia, que no se destruye. Evoluciona el sonido, evolucionan las letras, pero siguen siendo los mismos, rockeros, geeks y encantadores.

Hace unos años, The Walkmen fue la banda telonera en el tour de Incubus (no me pregunten cuál, porque no recuerdo), y visitaron la vecina ciudad de El Paso, Tejas. Mi mejor amigo llegó un día y me dijo “he aquí un boleto extra, intencionalmente comprado para mi novia, con la que acabo de cortar… ¿quieres ir?”. Me valió ser plato de segunda mesa, el concierto lo valía. Claro que quería ir, era The Walkmen e Incubus me gustaba rete-harto también. Así que me preparé para vivir mi primer concierto y gritar con todo el aire de mis pulmones; la emoción era demasiada, tanta que las venas de mi frente no paraban de punzar. Llegamos por fin a la caseta, después de una hora y tanto que hicimos de línea. El oficial pide los pasaportes, revisa el mío, me voltea a ver y me dice que me baje del carro y me regrese: “su pasaporte ya venció”. Le quité de las manos el cuadernillo verde y vi que llevaba vencido tres días. Por más que rogué y expliqué, con toda la amabilidad y la ternura de una muchacha melómana que nunca ha ido a un concierto puede demostrar, que sólo eran 3 pinches días y yo ya contaba con el boleto del concierto. “Nou, usted nou puede pasaorrrr. Se baha de el carrou ou los ruegresou a todous”, me contestó; así pues, me bajó del carro y con el orgullo, la dignidad y los sueños aplastados por el Tío Sam, caminé derrotada de regreso al otro lado, a mi lado. Gracias a mi madre que llegó con una hamburguesa para así poder ahogar las penas con el comestible consumismo gringo.

Mientras la oportunidad me vuelve a tocar a las puertas, The Walkmen me llega con Lisbon, lo más nuevo dentro de una obra discográfica que va creciendo a paso constante y seguro, y mientras lo escucho una y otra y otra vez, puedo decir, con absoluta seguridad, que han retornado a su lugar de origen, revisitando y rehabilitando ese sonido ya característico el cual corre como líquido medular. Sórdidas guitarras emulando algún tipo de Surf o Rock-a-billy. Ritmos de una complejidad bastante sencilla, acompañados por la aguda, y un tanto gangosa, voz de Hamilton Leithauser. Lisbon no es un álbum excelente y definitivamente no sobre pasa la grandeza de You & Me, no es un álbum tan violento y ruidoso como Bows + Arrows, y ya no cuenta con esa tierna ingenuidad de su debut, sin embargo, hay algo. Tiene un no sé qué, que qué se yo. Tiene, como he dicho, esa esencia que tanto nos gusta (a los fans) de The Walkmen. Tal vez sea que las canciones parecen ir fuera de tiempo o la crudeza de la composición. O simplemente es el mundo al que nos introduce, un mundo en donde se puede decir “déjame en paz… me vale madre todo”, un mundo en donde nos desquiciamos moviendo frenéticamente los pies al ritmo de cada canción, un mundo en donde es válido tocar air-drums o air-guitar. El mundo de los toquines, los bares, los cigarros, los converse y los entubados. Quizá quien no guste de esta banda, escuche Lisbon y sienta ganas de vomitar (porque se vale), quizá, incluso, habrá el fan que diga “esto es mierda”, pero por lo pronto, esta fan (o sea yo) está de lo más divertida moviendo frenéticamente la cabeza, tocando air-drums con el volumen a todo lo que da.

Confesión para un jueves

Me preguntaron hace no mucho tiempo, por qué me dedicaba a escribir cosas como reseñas u opiniones de discos, películas y cosas por el estilo, y no escribía sobre la problemática social de la ciudad o del país. En ese momento me sentí un poco estúpida por ello, me dolió la conciencia y dije “es cierto, ¿qué estoy haciendo?”. Días después caí en cuenta de que no tenía, ni tiene, nada de malo; no es que no me interese, o que no me preocupe, porque si algo me define, es el ser muy preocupona, demasiado (lo cual es muy malo, lo sé. No es indiferencia a la situación y tampoco es que no quiera correr la voz sobre esto, pero es que, parece que ya todo el mundo lo único que hace es platicar sobre el tema, y no es para poco la cosa. Pero a veces, el hecho de voltear hacia cualquier lado y no escuchar más que “y mataron a… y robaron a… y extorsionaron a… y el gobierno aquí… y el gobierno allá…” es cansado, muy cansado. Es estresante, es triste y desesperante, y lo único que provoca es que uno quiera correr a casa a hundirse en una total y profunda depresión. Mi forma de ver las cosas, va un poco por el otro lado. A veces es tanta la información negativa que se recibe durante el día; una exagerada saturación de crisis, problemas, violencia, miedo, confusión, etc., que es difícil encontrar un punto que se mantenga estático entre tanto caos. El punto estático en el que yo encuentro descanso, en el cual yo puedo respirar tranquila y sonreír es la música, el cine, la pintura, la literatura. Ese punto estático es lo que me recuerda que hay muchas cosas buenas que aun valen la pena descubrir, saborear, analizar, compartir y platicar sobre ello. Ese punto estático es lo que me dice que así como yo, hay muchos, miles y millones que buscan ese pequeño cambio, tener también ese pequeño, diminuto e “insignificante” punto estático. Por esa razón escribo lo que escribo, por esa razón me gusta lo que me gusta y me hundo y embarro en la belleza del arte. Como dijo Plotino, el arte es el medio por el cual llegaremos a esa esfera superior, a la salvación.

lunes, 6 de septiembre de 2010

En los suburbios

¡Hola querido blog! Ya te extrañaba. Agosto fluyó en una egoísta negligencia de mi parte hacia ti gracias a dos importantes acontecimientos: número uno, inicié el semestre en la universidad, con los primeros días como si fuesen los últimos, parecía que todos los días entregaba un trabajo final, y dos, no sabía qué escribir o de qué escribir. Tal vez por tanta cosa mi mente se secó casi por completo, pero no problemo, todo vuelve a la normalidad, incluyendo los fluidos cerebrales (ideas y opiniones incluidas). Esta mañana, de no sé qué día de septiembre, he amanecido con una bendita cruda y con la cabeza partida en dos. Aunque dos cafeaspirinas ya dieron solución al problema, aparentemente. Lo único que falta es saciar la sed y apagar el horno que parece estar encendido en mi estómago (temo que ya comienzo a sufrir los horrores de la gastritis, ¿signos de la edad?). Pero como dicen, lo bailado ni quién me lo quite. A lo que iba. Siendo que Orfeo se ha negado a cantarme canciones de cuna, a este lo he sustituido por mis habituales listas de música.

Hace rato que tengo almacenado en mi disco duro el nuevo álbum de Arcade Fire, The Suburbs y no había dicho nada al respecto (lo siento mucho). Según las estadísticas, lo había escuchado alrededor de 12 veces, pero no había prestado mucha atención sino hasta este momento y puedo decir, así de primeras a segundas, que los 80s llegaron ya. Bueno, llegaron desde hace mucho, desaparecieron y las corrientes y modas musicales hicieron que reaparecieran después de casi 20 años de ausencia. El sonido sintético que esa década de extravagantes peinados y atuendos trajeron al mundo, se ha rehabilitado para presentársenos fresco, jovial y con un par de cirugías cosméticas aquí y allá. Bandas como M83, Stars, Passion Pit, Animal Collective, etc., dieron muestras claras que la corriente ochentera (si es que se puede llamar así) era el punto primario de inspiración e influencias. Arcade Fire parece haber agarrado ese mismo tren.

The Suburbs es un álbum que, al igual que Neon Bible y Funeral, vuelve la mirada al pasado; es un ahogarse en la nostalgia del ayer para compararlo con la fatalidad del hoy: Now our lives are changing fast/ Now our lives are changing fast/ Hope that something pure can last. Sí, tal vez parezcan disco rayado, pero el estilo musical renueva su ya conocida visión del mundo, dejando de lado un poco lo orquestal para dar paso a los sintetizadores como en “We Used To Wait”. Incluso revisitando el punk inglés en “Month of May”, la canción que más resalta en el disco y quizá la más light (en cuanto a la letra); imagino que por eso fue sucedida de “Wasted Hours”, la cual vuelve a calmar los humores con un ritmo folk y tranquilo. Incluso, hasta por el mismo título, parece arrepentirse de haber perdido el tiempo en el sinsentido del punk; como si hubiese culpa alguna que pagar por regocijarse en el infinito placer que provoca una buena canción. No lo sé, parece muy jalado lo sé, pero eso es lo que a mí me pareció.

Este nuevo álbum de esos tan poéticos y (a veces) muy serios canadienses, sí es en definitiva una evolución en cuanto a los estilos y los sonidos, en cuanto a ritmos y actitudes. Es un álbum que mantiene coherencia de principio a fin y no hay una canción en ella que uno llegue a pensar “como que esto no va”. Este es uno de esos discos que bien se escuchan sin adelantar nada, porque todo es bueno, quizá diga mucho; quizá en un par de meses ya no sea así, pero por el momento, lo disfruto mucho.

martes, 17 de agosto de 2010

Mientras llueve

Después de unos horrendos días en donde el calor no daba tregua y las nubes tan sólo jugaban cruelmente con nuestros sentimientos, llovió por fin. Llovió, llovió y llovió. Tronó, tronó y tronó. La luz se fue y vino y se volvió a ir… y volvió a llegar. Y el agua entraba por adelante y por atrás. Ahora, tengo un pequeño patio bajo agua y ahora ese líquido precioso se filtra por las ranuras inferiores de la debilucha puerta de madera. Es por eso que me he resignado a solucionar un problema que no sé cómo solucionar, atascada en este islote sin comunicación alguna con el mundo exterior, me he calentado un plato de macarrones y una fría, y me he puesto a jugar solitario, sumándole la triste noticia de que no he podido ganar.

Parece una de esas leyes de Murphy… lava el carro y lloverá. Limpia tus pisos blancos y lloverá, y los pies llenos de lodo y agua y cuanta mugre arrastre el agua, habrán de terminar ultrajando la inmaculada belleza de una casa recién lustrada. Pero no me quejo, me gusta la lluvia, me gusta el sonido que produce cuando las gotas caen estrellándose estrepitosamente contra mi techo. Me gusta el sonido del trueno y la luz del relámpago, me gusta el olor a tierra mojada, me gusta el frío húmedo que resulta de esa veraniega refrescada. Aunque debo admitir, me gustaría mil veces más si hubiese algún triste cigarro en toda la casa y si el agua no estuviese transpirándose en mi cocina. Lo bueno (muy bueno) es que no tengo goteras.

viernes, 13 de agosto de 2010

Por poner algo, nomás por eso.

Ya mero... ya mero vengo, nomás termino de leer a Platón, Horacio, Rabasa y... y.... sé que tengo que leer a alguien más. En fin. Pero ya mero.

martes, 27 de julio de 2010

(sin título)

Si son constantes lectores de este humilde blog, sabrán que su servidora, esta muchachona chaparra y curiosa, yo, soy una verdadera melómana, osease, una completa y absoluta obsesionada, traumada, enamorada, de la música. La música es mi todo, o mi segundo todo. Bueno, no entraré en clasificación, pero sí ocupa un lugar MUY importante en mi vida. La música me sigue a todos lados; siempre escucho música, siempre traigo una canción en la cabeza, mis pies inevitablemente siguen el ritmo de las melodías, amén de que en donde me encuentre reine nada más que el absoluto silencio. No es distracción, no es locura, es un complemento, es mí complemento. Yo no soy yo sin ella. Aunque yo no la busque, la música me encuentra, me busca y siempre llega en el mejor de los momentos, con el mejor de los consejos; sabe cuándo quiero reír y cuándo quiero llorar, cuándo pido concentración y cuándo distracción. Incluso sabe callar cuando necesito ese momento (nada común) de completo silencio y abandono, aunque llegue muy, muy esporádicamente.

Puedo platicar largo y tendido sobre el tema. Incluso puedo llegar a discusiones sobre ello. Los debates musicales me deleitan y encuentro gran placer en las personas que comparten esta misma obsesión, sobre todo cuando logran tener la mente abierta para probar y saborear diferentes cosas. Y creo que el tema no es algo que uno pueda llamar ridículo, sin sentido, pérdida de tiempo. La música ha estado presente en la historia por siglos y siglos y siglos, la ha recorrido hombro a hombro con el hombre, y con más razón aún, con nosotros, contigo, conmigo. No conozco a persona que diga “yo odio la música, no la soporto”. No lo sé, tal vez ustedes conozcan a alguien así, pero a mí me parece una idea bastante extraña por sí misma.

La vida sería tan seca, tan pesada si no tuviera ese eterno acompañante de dulces y embriagantes melodías. Viviría deprimida y sin inspiración. Mi creatividad se vería reducida al mero polvo de una débil imaginación. Incluso los sueños se convertirían en estáticas imágenes a blanco y negro. Estoy segura de que todos tenemos una canción (o muchas) que nos definen. Que cuando personas que nos conocen la escuchan dicen: “mira la canción de fulano o sutano”. Todos hemos sido presos de los recuerdos y la nostalgia cuando escuchamos esa canción. Por ejemplo, siempre que escucho “Michelle” de los Beatles, puedo recordar, como si fuera ayer, el estar tumbada panza abajo sobre la vieja alfombra que cubría el piso de la sala de mis padres cuando tenía 8 años y sentirme fascinada ante lo que escuchaba, y que cada vez que terminaba la canción, aplastaba el Rewind de la casetera y la volvía a escuchar, así hasta que podía yo cantarla de memoria, incluso los versos en francés. O cómo la primera vez que escuché el “Peace Train” de Cat Stevens, estaba en la camioneta de mi tía circulando por las Lomas en el DF, y sentí que la piel se me ponía chinita ante la letra de la canción y el sonido de la guitarra. O la primera vez que escuché “The Rat” de The Walkmen, sentí como todo lo que tenía embotellado muy dentro de mí, salía en una explosión de gritos y golpes sobre el volante de mi carro al ritmo de la batería y la guitarra, y que después de 5 veces de escucharla seguido, pude cantarla a ronca voz, sintiendo el poderoso y maravilloso efecto de la catarsis. En fin, podría continuar con la lista, pero creo que jamás terminaría; una vida entera podría contarse a través de canciones...

lunes, 19 de julio de 2010

Heaven's on Fire por The Radio Dept

Este es el segundo track de Clinging to a Scheme, la canción es "Heaven's on Fire" y podrán escuchar en ella el pequeño discurso del cual ya les había hablado. ¡Disfruten!

Un disco nuevo por The Radio Dept

"People see Rock & Roll as youth culture and when youth culture becomes monopolized by big business, what are the youth to do? Do you have any idea? I think we should destroy the bogus capitalist process that is destroying youth culture".

Una maravillosa idea, ¿quién no ha pensado en destruir el sistema capitalista que tanto daño ha hecho a la sociedad? También, me encanta la idea del monopolio sobre la música, lo creo altamente ridículo; aunque incontables cantidades de hombres trajeados han intentado poner un alto al ir y venir de la música "gratuita", el peer-to-peer network y todo ese mundo que vive bajo la filosofía del "amor es compartir", jamás lo lograrán. Poner límites a algo tan grande, tan universal como la música, es sencillamente estúpido y algo que jamás sucederá. Y no es por entrar al debate de si esto es o no robar al artista, yo creo que no, porque de una manera u otra, es promoción hacia su obra. Las disqueras y los llamados labels son los que roban, estafan y transan al artista, pero los fans, los amantes del arte, los seguidores, el público no... ese no.

Blah, blah, blah... dejando aquello de lado (que no es la razón por la cual me asomé por aquí, aunque es muy interesante el tema), hace un par de días me topé con el nombre The Radio Dept. Jamás había escuchado nada sobre ellos, ni leído nada sobre ellos y con el simple nombre me llené de curiosidad, así que busqué Clinging to a Scheme, su más reciente álbum, lo escuché y lo amé, como todos los discos que por aquí les comparto. Simplemente ese pequeño discurso sobre el monopolio a la música, la influencia del capitalismo en ella y la cultura del Rock siendo algo que siempre ha pertenecido a la juventud, bueno, en realidad a todos, pero algo con lo que la juventud se identifica, sólo con eso me enganchó. La teoría literaria tiene un término para definir ese enganchamiento... espero recordarlo.

The Radio Dept es un trío que ha suplido el bajo y la batería por el sintetizador. Es una banda que usa, reusa y renueva cierto sentimiento musical ochentero y lo matiza con ciertos tonos influenciados por Joy Division y lo que a mi parecer se siente un poco a The Jesus and Mary Chain en "Just Like Honey", sin esa densidad emocional que tan palpable se sentía en ambos casos. No, aquí todo es más ligero, introvertido, nostálgico (tal vez), romántico, hasta sentimental en veces. "This Time Around", tercer track del álbum, abre con un sonido de batería Lo-Fi que recordará a las baterías de Stephen Morris. Por otro lado, en "The Video Dept", aflora lo que a mi parecer es un eco de The Jesus and Mary Chain, aunque ese punto está abierto al debate, ya habrá alguien que me desmienta. Clinging to a Scheme me pareció un muy buen álbum de principio a fin, salvo por "David", una canción que me sacó del hilo musical que ya iba creando, el ritmo parece sacado de algún capítulo del Príncipe del Rap (¿alguien se acuerda del programa con el que Will Smith comenzó su carrera artística?). Fuera de "David", los 34 minutos que compartí con esta fabulosa banda sueca fueron maravillosos, llenos de oxígeno y recuerdo. Un muy buen álbum para las decadentes vacaciones veraniegas.

miércoles, 14 de julio de 2010

Metiendo la nariz por aquí...

¡Hola! Me he dado una vuelta por aquí, siendo que ya lo tenía un poco o un mucho abandonado. Eso del calor, las esporádicas lluvias, las buenas y las malas noticias, ayudan en gran parte a la sequía de ideas, opiniones y demás que seguidamente terminan en writer's-block. Esta semana he estado, y me veré en la posición de permanecer en completo y absoluto reposo por órdenes del médico, así que me dedicaré a escuchar muchos discos nuevos que he encontrado por ahí; cosas muy interesantes y raras como Cosmogramma, el nuevo álbum de Flying Lotus. Álbums absolutamente bellísimos como Renmin Park de Cowboy Junkies o el popero, feel-good por excelencia Jack Johnson con su nuevo To The Sea. Pero ninguno de ellos me gustó tanto como The Reluctant Graveyard por el cantautor Jeremy Messersmith.

De los 11 tracks que el álbum incluye, "John The Determinist" me dejó encantada. Una melodía lidereada por el sonido fuerte y vibrante del cello con un toque de melancólico violín y la increible voz de Messersmith. Es una canción densa, rebosante de imaginería, como bien debería ser la letra de una canción. Pero las joyas del álbum no se detienen aquí, siguen a través y a lo largo de 32 minutos de puro éxtasis musical, como en "A Girl, a Boy and a Graveyard", en donde se nos transporta a un cementerio, justamente como dice, con un chico y una chica, muertos, en un sentido completamente metafórico. ¿Qué hace uno en esta vida? Vivirla, todos morimos, pero no todos la vivimos... Underneath the concrete sky, Lucy puts her hand in mine, she says: "life's a game we're meant to lose, but stick by me and I will stick by you". Es una verdadera maravilla cuando uno se topa con este tipo de música o con este tipo de canciones que nos pegan de lleno en la cara y nos mueven y remueven las tripas y el corazón. Me gusta, me gusta como me hace sentir.

"Parece Simon & Garfunkel", me dijeron y es cierto. Es como si aquella poética marihuanesca del folk rock americano de hace ya algunos ayeres, encarnado en (obvio) Paul Simon y Art Garfunkel, haya recaído, cual fortuita herencia, sobre los hombros de un increíble talento como el de Jeremy Messersmith y en este The Reluctant Graveyard, se da vuelo con lo que puede hacer, tanto en la música como en la letra. Absolutamente refrescante para estos días calurosos en los que escasea tanto la sombra como la buena música.

Aquí abajo, la portada del álbum, que no sé ustedes, pero a mi me recuerda a los grabados de José Guadalupe Posada...

lunes, 5 de julio de 2010

Rushmore, Wes Anderson

Hace poco vi por primera vez Rushmore (Tres es multitud, 1998) del más que brillante director tejano Wes Anderson, su segundo largometraje precedido por Bottlerocket, la película que lo lanzó a la fama, gracias a James L. Brooks, quien tuvo la fortuna de descubrir el talento narrativo de Anderson y Owen Wilson (ambos eran compañeros de escuela y se dedicaban a realizar guiones y cortometrajes). Esa mancuerna funcionó nuevamente con Rushmore y con la cual tanto Anderson como Wilson obtuvieron notoriedad y respeto dentro de la industria cinematográfica, tanto por sus habilidades narrativas, como por la dirección o la actuación (esto en el caso de Wilson quien más tarde se consolidaría como actor). El director parece no haber sido afectado por la creciente y crónica falta de originalidad entre el séquito de directores, productores y escritores hollywoodenses que parecen sufrir de él, al contrario. Anderson, o si cariñosamente le quieren llamar Wes, como yo lo hago, es un creador en el amplio y profundo sentido de la palabra; un innovador, un visionario y un artista. Sus películas no se sienten como un conjunto de procedimientos técnicos, ya saben, mucha faramalla tecnológica para quitar la atención de una historia que nada ofrece.

Rushmore, es la historia de Max Fischer, un excéntrico muchacho que vive en una constante fantasía sobre él mismo, recreando la realidad que no acepta como suya, al ser el hijo de un pobre barbero. Tras ser acreedor de una beca, Max logra entrar a la muy prestigiada, y un tanto elitista, academia Rushmore, el más grande amor de Max, ya que representa todo aquello que él no es y quiere ser. Es, en verdad, una pasión para él y se desvive por el colegio, creando grupos y participando en una exagerada cantidad de actividades extracurriculares, lo cual termina por convertirlo en el peor estudiante que jamás haya entrado a la academia. Ahí es en donde conoce a Herman Blume, un rico y exitoso empresario que vive infeliz a causa de su familia con quien no encuentra relación alguna, fuera de la relación sanguínea, pero que en Max encuentra a su mejor amigo. Max conoce también a la Srita. Cross, una maestra de preescolar, inglesa, hermosa y viuda, y de quien se enamorará perdidamente. A su vez, ella se enamora de Blume y Blume de ella, creando un triángulo amoroso que terminará por cargar el resto de la trama hasta el clímax de la película.

Bill Murray interpreta a Herman Blume, papel con el cual dejó detrás, muy, muy detrás, su vida de cazafantasma y con el cual le demostró y le restregó a la crítica americana (y a la del mundo entero para esto) que él sí sabía actuar, que esa es su vocación y que es una chingonada en lo que hace. Demuestra qué tan multifacético puede ser y que se desarrolla tan bien en el drama como en la comedia, incluso mejor. Su actuación es perfecta y mantiene una muy buena dinámica con Jason Schwartzman, quien interpreta a Max Fischer, formando una especie de odd couple. Rushmore es la presentación de Schwartzman al cine. Puede ser un nombre no muy conocido, ya que se ha mantenido con pequeñas películas de arte o independientes, pero que en cada una de ellas es capaz de robar escena, como es el caso aquí. Tanto él como Murray, se han convertido en actores “fetiche” de Anderson, quien generalmente los invita a participar en sus películas, especialmente Murray quien ha aparecido en 5 de las 6 películas que el director guarda bajo su axila.

Las historias de Anderson son inconfundibles y siempre giran en torno a una misma carga temática, ya sea la familia, la amistad, la soledad, la redención, el cagarla y volverse a levantar, el perdón y el vivir la vida; trata cada uno de estos puntos con un laconismo que maravilla y extraña, que divierte y nos empuja a la contemplación. En este caso, un bien podría terminar odiando a Max por desear a la maestra Cross de una manera tan enfermiza, pero al final, uno se identifica con el sentimiento de soledad o confusión por el cual podría estar pasando. O también si tomamos al personaje de Blume, quien vive en un constante estado de depresión gracias a la bestialidad de hijos irrespetuosos que tiene o la esposa que parece odiarlo y ponerle el cuerno frente a su cara, y que de todos modos, logra encontrar todo lo que le faltaba en la amistad de Max o la mutua atracción entre la Srita. Cross y él. Cuando el personaje de Murray salta en escena, uno no sabe si reír o llorar ante la melancolía reflejada en su rostro.

Rushmore es una película que corre a un ritmo melódico, nada lento, nada torpe. El ojo de Anderson nos proporciona una poética visual rebosante de melancolía, con encuadres perfectos y ambientes musicales que hechizan; si bien se puede decir que Anderson es un director prodigioso, también se puede mencionar, o se debe de hacerlo, que él es un melómano hecho y derecho. Prueba de ello es la deleitable recopilación de canciones que va desde The Kinks, Cat Stevens y The Faces, hasta The Who y John Lennon, sin mencionar los temas de Mark Mothersbaugh que complementan a la perfección la narrativa de la película. En cada uno de los temas musicales, ya sean creación de Mothersbaugh o The Kinks, reflejan la extraña personalidad de cada personaje, con Max brillando por encima de todos. Es una maravilla poder explorar personajes o tramas a través de la música, John Lennon dice tanto con “Oh Yoko” en una escena como cualquier otra cosa. Así como “una imagen dice más de mil palabras”, a veces una canción puede decir más que una imagen… y en Rushmore abundan las imágenes, los detalles y las canciones. Con esta película, Wes Anderson se ha ganado uno de los peldaño más altos en mi lista de directores favoritos (y eso que ya estaba muy arriba).