lunes, 13 de diciembre de 2010

Lo mejor... Shearwater, The Golden Archipelago


9. Shearwater, The Golden Archipelago

Solemnidad. Esa es la palabra con la cual definiría The Golden Archipelago. Este no es realmente un álbum al que haya regresado constantemente durante el año como lo hice con otros, sin embargo cuando lo hacía, era un verdadero viaje; no un viaje propiciado por alucinógenos, químicos o de otra clase, sino un viaje propiciado por la música. Ya sé, qué cursi, que infinitamente ridículo se escucha eso, pero de qué otra manera podría ponerlo. Shearwater es una de las pocas bandas que cargan con ese peso tonal solemne, en donde cada pieza en el álbum es una construcción pictórica, una edificación de imágenes perfectamente estructuradas con el sonido, la letra, la voz. No es solamente la música, sino el ambiente que le rodea a toda la obra. Por ejemplo, si juzgáramos al libro por la portada, ésta nos daría indicios de lo que estamos por escuchar. Hay una cierta apertura a las melodías que no provocan esa claustrofobia o hermetismo que en muchos géneros, en muchas bandas existen. Aquí hay lugar a la interpretación. Yo lo definiría como una oscilación entre el rock, con el lirismo del folk, la ligereza del pop y el ambiente de una balada. El hilo conductual del disco es el piano y la guitarra acústica; esta es una de las pocas ocasiones en donde la guitarra eléctrica queda relegada a los detalles y a un número muy limitado de canciones (tres). Es un disco un tanto difícil por la seriedad que conlleva y el viaje hacia las entrañas del propio ser que nos “obliga” a realizar, aunque de vez en cuando, es necesario. Un álbum como Golden Archipelago, nivela perfectamente la balanza de lo serio contra lo lúdico; oscilar entre ambas cosas nos mantiene cuerdos.


Mi canción favorita del álbum es "Black Eyes". Aquí un falso-video, nomás para que escuchen la canción:



jueves, 9 de diciembre de 2010

Lo mejor... Gorillaz, Plastic Beach

Es diciembre y ya comienzo a ver por todos lados los famosísimos "Top 10" de lo que quieran. Así que me aventuré a crear el mío. Aquí les va mi Top 10 de la música en este año, en cuanto a discos se refiere.


10. Plastic Beach, Gorillaz
Estuvo más que obvio, cuando el mundo se enteró de que habría un tercer álbum de Gorillaz, inmediatamente quedaría entre los favoritos de muchos. ¡Y claro! Imposible dejarlos relegados entre las tantas bandas mediocres que circulan y deambulan por aquí y por allá. Plastic Beach representa el regreso de Damon Albaran y sus múltiples alter ego; representa también una colaboración impresionante de músicos y artistas con Albaran. Ejemplo de ello lo tenemos con Lou Reed, por ejemplo, quien me sorprendió totalmente con "Some Kind of Nature", porque la canción es una chingonada y el duo Damon-Lou, no me lo habría imaginado nunca.

Demon Days impulsó a Gorillaz hacia el Olimpo y lo cimentó como una banda innovadora tras la cual muchos intentarían emular, simular, copiar, etc., en donde el estilo ya entraba un poco más de lleno al hip-hop sin dejar el rock, el pop y lo electrónico. Plastic Beach es otro capítulo muy diferente, en donde el hip-hop ya es la expresión primaria y el pop es el acompañante; aunque realmente encasillarlo en esto y aquello sería algo terrible de mi parte. El álbum presenta un eclecticismo delicioso, una orgía de géneros o sub-géneros, los cuales funcionan maravillosamente. El género (hip-hop) me es muy difícil de escuchar y casi no me gusta, sin embargo en este disco lo llena de vida, de armonías, de matices que es imposible no agarrarle cariño. Es la música, es la letra... Gorillaz siempre ha portado un estandarte de crítica y señalamiento hacia lo que no funciona, mata, divide, envenena y destruye. Simplemente el título es indicio de esto; alude a la farse vida consumista a la cual la sociedad se ha visto arrojada. La verdad es que no hay mejor manera de criticar que a través de la música, y no despojarla totalmente de la melodía. Plastic Beach es un todo en donde el todo comulga y nos invita a ello. Y dejando la seriedad a un lado, el disco es simplemente divertido.

Aquí les dejo mi canción favorita… o una de mis favoritas: "On Melancholy Hill"






(El #9 muy, muy pronto)

jueves, 2 de diciembre de 2010

Hoy ya no soy yo

‘Hoy ya no soy yo’
Gustavo Cerati

Adivino tu intención;
tienes ganas de subir a verme,
pero hoy ya no soy yo.
La otra noche te arrojé,
en un mar cubierto de lava ardiente,
pero hoy ya no soy yo.
Puede ser un accidente, nena,
pero hoy ya no soy yo.
Paso días normal (no me esperes… tengo ganas)
a veces, a veces, a veces…..
Adivino tu intención,
tengo ganas de saber quererte,
pero hoy ya no soy yo.


Yo no me considero fan de Cerati, no lo fui en el pasado y no lo he escuchado detenidamente como para considerarme ferviente admiradora. Admito haberlo descubierto muy, muy tarde en la vida, de lo cual me arrepiento tremendamente. Especialmente ahora, con la trágica situación en la que se encuentra el wonder-boy argentino… creo que ya nunca tendré la oportunidad de ver y escucharlo en vivo, ni de corear sus canciones, ni gritar, ni aplaudir hasta que el dolor de las palmas me obliguen a parar. Ni modo, tan sólo me queda el cerrar los ojos y viajar.

Esta noche, una amiga, Sodera de hueso colorado (ese adjetivo ella se lo puso y me encantó), me pasó Colores santos. “La de ‘Hoy ya no soy yo’ me intriga tanto”, comentó, e hizo que me creciera la duda: “quiero saber qué significa o de qué habla esa canción”. Me contó su teoría y la duda se infló aun más. La consecuencia de semejante acción de su parte (ya verás Sister), fue escuchar una y otra y otra y otra y otra vez esa pieza. Intenté recordar mis clases de poética, de métrica y de retórica para lograr desentrañar sus misterios, aunque el teflón con el que empaquetaron mi cerebro funciona tan bien que la gran mayoría de las veces no recuerdo nada. Sin embargo le hice el intento, a ver si eso de la interpretación se me da.

Como canta-autor, Cerati está cabrón. Creo que son pocos los músicos cuyo alcance y profundidad letrística, dotan de relevancia, coherencia, cohesión, verdad, honestidad y sentimiento a una canción. No es tanto lo que digan, sino cómo lo dicen, y por otro lado, no es tanto cómo lo dicen, sino lo que dicen; la verdad es que no entraré en debate sobre la forma o el contenido. A veces una canción dice tanto sin decir nada, a veces es lo contrario.

‘Hoy ya no soy yo’, parece ser una pugna interna del “yo” poético que habla en la canción. Sucede que al leer una novela, quien nos guía en la historia no es necesaria, ni obligatoriamente el autor; el narrador muchas veces funciona de manera independiente y se separa de la figura creadora, autoritaria… se separa de dios, como diría Vargas-Llosa. Lo mismo sucede en las canciones… a veces quien nos canta no es el músico, sino ese ente viviente que aparece como alter ego del músico, vocalista, intérprete, o como lo quieran llamar. Escuchen canciones de The Decemberists, sobre todo un álbum como Hazards of Love y se darán cuenta de que, quien interpreta las canciones es meramente una vía a través de la cual escuchamos la voz poética narrándonos una historia. Pero bueno, fin del paréntesis, volvamos con Cerati.

Repito que, sobre Gustavo conozco muy poco; conozco sus canciones (no todas), algunos de sus discos y muy poco sobre su historia personal, mas lo poco o mediano que he escuchado y visto, lo tengo bien grabado. Sé lo que su música me provoca y las imágenes que me evocan; esa pequeña porción, cada vez que la escucho me lleva a lugares y termina por formar parte de mi “yo” que vive eternamente alucinado. Tal es el caso de ‘Hoy ya no soy yo’, en donde la voz que nos canta le confiesa a alguien (ella, quien quiera que sea), sobre su ser dudoso y malvado; un ser que causó un mal terrible y no asume la culpa de ello: Tienes ganas de subir a verme, pero hoy ya no soy yo. La otra noche te arrojé, en un mar cubierto de lava ardiente, pero hoy ya no soy yo. Puede ser un accidente nena, pero hoy ya no soy yo. La canción forma imágenes que se oponen unas a otras, así como también se opone el “yo” contra él mismo: tengo ganas de saber quererte, pero hoy ya no soy yo. Es el deseo y el “qué me importa” luchando al mismo tiempo. No solamente se refleja en la letra, sino en la música y el arreglo, en donde una cálida guitarra acústica nos da la bienvenida, con unos tímidos riffs de guitarra eléctrica que se asoman esporádicamente, hasta que los papeles se invierten y nos envuelven los desgarrantes rasgueos de aquella que en un inicio se escondía bajo el sonido de la acústica.

Sonidos de desengaño, de culpabilidad y un juego de pasiones insaciable, en donde la incertidumbre y la violencia del sentir sublime que el “Yo” desprende o evoca es la fuerza tentadora e intrigante que guía a la confesión para tal vez recibir el perdón. ¿Será?

jueves, 18 de noviembre de 2010

Descubriendo Crash de Dave Matthews Band


Crash, segundo álbum de Dave Matthews Band, lanzado en el ’96, si es que mi memoria no me resbala, fue un disco que me marcó, y que incluso en el “hoy” lo sigue haciendo. Así como hay lecturas que nos pegan, nos sorprenden y nos definen, también hay música que nos cambia para siempre; música que nos abre una llaga y la deja ahí –como un lunar-, formando parte de nuestro ser, nuestro cuerpo y nuestra manera de percibir, sentir y pensar. Yo por eso siempre he pensado que el poder de la música es tan fuerte; la música es tomar conciencia, es un estar ahí, un vivir, un experimentar y hasta un evolucionar hacia esa aspiración del ser mejor; un ser humano. Pero bueno, no entraré en digresiones. Dicho álbum, lo descubrí cuando tenía 14 años. En algún lugar había escuchado la tercera canción del álbum titulada “Crash Into Me” y me perdí. Me perdí para siempre, fue como un balde de agua fría. Tras escucharla, logré comprar el disco en uno de esos programas de “ordene 12 discos al precio de 2” o algo así, que por aquellos días existían -junto con una selección muy buena de discos, debo admitir- y gracias a ello obtuve uno de mis discos favoritos en lo que llevo de corta vida.

Dave Matthews y su grupo, siempre se han caracterizado por la música que crean; la verdad es que en este caso es necesario hablar de un ensamble, porque hay tantas cosas sucediendo en un mismo momento, tantos sonidos, tantos ritmos que nunca terminan por saturar una canción; por el contrario, van formando una acumulación de sensaciones melódicas, armoniosas y harto adictivas. Bueno, honestamente estoy pensando por el momento en el Crash, el cual escucho en este preciso momento y lo que intento describir de manera tan desarticulada es justamente lo que estoy escuchando, pues son tantas cosas las que se perciben que es imposible no sentirse atraído y envuelto por la música.

La canción que abre el álbum es “So Much To Say” con una melodía muy dinámica; tanto la letra como la música se complementan: I see my hell as the closet I’m stuck inside, can’t see the light. And my heaven is a nice house in the sky, got central heating and I’m alright, canta Matthews acompañado de una guitarra acústica bastante lúdica, a partir de donde comenzarán a sumarse el resto de los instrumentos. A diferencia de esta primera con la que nos introducimos al disco, “Two Step” abre un capítulo un poco más oscuro en cuanto a tono; la guitarra eléctrica, desposeída de todo efecto y acompañado con unos maravillosos arpegios acústicos y la voz desnuda de Dave, nos da la bienvenida. La lírica, después de in intro digno de la longitud de aquellos presentados por The Cure, nos presenta una declaración de amor, nada cursi, como cualquiera podría pensar cuando se habla de canción de amor… es sentimiento, no sentimentalismo barato. Y qué mejor para terminar una canción de amor, que continuar con otra de amor: “Crash Into Me”. Con esta, Dave Matthews y compañía me declararon su amor o yo a ellos, como sea, fue algo enteramente recíproco (más tarde les colgaré por aquí la canción, por si no la conocen).

Las declaraciones de amor terminan con “Too Much” en la que los excesos son el orden del día: I’m a crazy creep, I got it coming to me, ‘cause I’m not satisfied, hunger keep on growing. I eat too much, I drink too much, I want too much… too much. “#41” y “Say Goodbye” van encadenadas, en el sentido que el outro de una es el intro de la otra (respectivamente); la primera es una mirada introspectiva sobre el futuro, sobre el pasado. Es lamento y deseo, es desesperación, salpicado todo con el sonido de un saxofón plagado de melancolía –bastante delicioso, por cierto-, el cual nos despide y nos da la bienvenida una vez que “Say Goodbye” entra en escena. He aquí otro intro muy largo, pero nada tedioso; es una introducción que nos resume la intención de la letra y de la canción: es una invitación cachonda, si se me permite, y la canción lo es también. Es el deseo de posesión, de goce y satisfacción; un vivir el momento, deleitarse y al final, seguir con la vida: Oh back to being friends, but tonight lets be lovers, we kiss and sweat, we turn this bed-tub thing to the best.

“Drive In, Drive Out” vuelve a cambiar el tono del ambiente que hasta el momento se va formando, en parte por marcar el inicio de la segunda mitad del disco y en parte por virar hacia un caos armónico, paradójicamente, en donde la áspera voz de Matthews y la viveza de los instrumentos se mezclan para gritar cierto hartazgo hacia lo ridículo de las cosas. Toda esta acumulación de adrenalina cae estrepitosamente hacia la calma y el susurro en “Let You Down”, la cual pueden adivinar el contenido por el mero título. Tras ella, los ánimos vuelven a su sitio con “Lie in Our Graves”, una pieza que retorna al locus amoenus; el ocio en donde se es válido pasar el tiempo ensopándose los pies en el agua. En “Cry Freedom”, Matthews canta a manera de imploración: Cry, freedom cry, from deep inside where we are all confined. Muy apropiada para “la situación” y es que dicha situación sucede en todos lados: la desensibilización del ser humano.

Las últimas dos piezas componen el humor y se despojan de toda densidad. “Tripping Billies”, iniciando con una batucada en crescendo, invita a beber y bailar. Cualquier canción con la palabra “tripping” en el inicio no puede ser tan difícil de descifrar, menos cuando por ahí en la canción escuchamos las palabras dragón, whisky y felicidad… eat, drink and be merry, buenísimo consejo. Y cerrando un soberbio disco, “Proudest Monkey”, que a mi manera de escucharla y sentirla, es la representación musical de la ingenuidad y la inocencia, en donde se humaniza al animal o se animaliza al humano, quien en este caso es Dave, aunque el molde nos queda a todos.

Crash fue mi descubrimiento y mi llave a los mundos posibles. Es un álbum que permite envolverse en la música hasta el punto de terminar perdido en ella. Es una obra atemporal, pues así como la escuché hace once años, la escucho hoy, incluso mejor. Supera absurdamente a mucha de la música que se hace hoy en día, música sin sustancia, sin esencia. Crash es un álbum que debería ser de cajón, bueno, como lo es la obra completa de Dave Matthews Band. Igual y le hecho demasiadas flores, habrá gente que no soporte el sonido del grupo, lo cual se me hace difícil de creer; o lo sienta saturado, aun más difícil de creer, en fin, es válido. En mí toma semejante importancia ya que crecí con esta música (entre otra). Descubrir música a los 13, 14 años es una de las mejores cosas que a uno le pueden suceder, porque a esa edad se está justo en medio del acné-adolescencia, del feísmo personal, de la confusión existencial y el odio al mundo, o bueno, a ciertas cosas de él… bueno no, a todo.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Confesiones de una fumadora


En 20 días dejaré el cigarro. Lo digo… lo pongo por escrito para atarme más a esa meta. No quiero usar la palabra intentar, porque intentar conlleva implícitamente que lo más probable es que esa empresa sea un completo fracaso. Me dolerá muchísimo, es uno de esos pequeños placeres que realmente disfruto. Un cigarro con el café. Un cigarro mientras leo. Ver películas con un cigarrillo que lentamente perece, dejando esa estela de humo en la oscuridad, iluminado poéticamente con la luz de la televisión, con la luz de una vela o una tenue luz ambiental. Fumar en el frío, al sol, sintiendo como las células del cuerpo se relajan y el cerebro despierta. Fumar después de… fumar antes de… Cuando escribo, o intento escribir, el cigarro siempre me inspira. Cuando voy a los toquines, fumar mientras el rock truena con todo su esplendor a través de las bocinas. Mientras bailo. Mientras bebo. Mientras estudio. Para los exámenes, Dios sabe que siempre es necesario uno antes y uno después. En la época de finales. Entre clases. Mientras manejo con las ventanas abajo y el volumen del estéreo a todo lo que da. Fumar en la soledad. Fumar en compañía. Fumar durante el chisme. En la tristeza y en la alegría…………

…. ¡puuuuta!

miércoles, 3 de noviembre de 2010

(sin título)

Han pasado tantas cosas. En esta ciudad, por bien o mal que sea la cosa, uno no puede decir "aquí nunca pasa nada", porque la realidad es completamente otra; repito, esto no es ni bueno, ni malo, la verdad no sé qué rayos sea. Lo que sí es cierto es que por el todo o por el nada, uno tarde o temprano se ve lanzado contra la vida, contra su propia vida; uno se ve golpeado por todos lados, por todas las personas y por todas las situaciones, obligado a preguntarse el tan común "¿y qué rayos estoy haciendo?" y el "¿para qué estoy aquí?", también el "¿cuál es mi camino?". Si tan solo Delfos estuviese a la mano para acercarnos a preguntar. Si tan solo esa mágica bola del 8 fuese real. Si tan solo... si tan solo. La verdad es que, me he cansado de hacer preguntas, de tratar de leer el té, el café o las sobras de cerveza, de intentar interpretar las formas del humo del cigarro o abrir un libro al azar y ver si hay respuestas escondidas, encajonadas, metaforizadas. A veces me gustaría creer que sí las hay, incluso que están en los lugares más obvios, más claros y sencillos, ahí, justo en la punta de la nariz... el último lugar en donde se nos ocurre buscar. Y bueno, por otro lado, no sé si realmente me gustaría encontrar las respuestas, no sé si me gustaría tener ese mapa del futuro, la verdad es que eso de no saber tiene sus virtudes y sus méritos.
....
...
..
Espero ya poder dejarme de cosas y regresar... regresar a ser yo.

jueves, 14 de octubre de 2010

Octubre

Maldición, ya estamos justo a la mitad del mes y yo nada que me aparezco por aquí. Me doy pena, me doy vergüenza. Le hecho la culpa a dos cosas: primera, eso de no tener internet ya me está rete-hartando. Por como la quieran ver, mi casa es una isla incomunicada con el mundo exterior, sólo vivimos Domingo y yo, Robinson. Segunda, este semestre tanto en mi escuela como... en mi escuela, porque no tengo trabajo de momento, vaya que se han cargado la mano con las lecturas, así que el tener mi nariz metida en El grado cero de la escritura de Barthes o El águila y la serpiente de Martín Luis Guzmán, me han mantenido alejada de mi querido diario ciberbloguero, su casa.

Eso sí, he estado escuchando una cantidad de discos MUY buenos, así como me he aventado un par de películas exquisitas y unas lecturas que ni les cuento. Voy anotando listas de temas en un cuaderno para que no se me olvide nada y regrese aquí, con todos ustedes a chismearles un rato sobre todo ello. Por lo pronto, les dejo mis recomendaciones de música, mismas que he estado escuchando hasta el cansancio:

(entre otros)

martes, 21 de septiembre de 2010

Have One On Me, Joanna Newsom


Johanna Newsom no es un nombre muy conocido, al menos no en esta ciudad, ya quién sabe en el país, y lo que ella crea no es nada convencional. Incluso, para quien no mantenga una mente abierta, será poco digerible, y esto lo digo en el mejor de los sentidos, porque su música es verdaderamente especial, original y sorprendente.

“No hay quinto malo” dicen por ahí. Si esta frase la pueden aplicar para cualquier secuela fílmica de esas que no merecen la pena verse, con mucha más razón aplica en el caso de Newsom y Have One On Me, su quinto álbum (si se cuentan dos obras previas lanzadas de manera independiente) en una muy impresionante carrera musical. Dentro de una larga tradición de mujeres con voces peculiares, Joanna se lleva el premio. Su estilo es tan singular como aquel que Björk introdujo en el mundo de la música, aunque Joanna recuerda más a la bandera folk ondeada hace algún tiempo por Joni Mitchel, quien serviría como mejor referencia para entender la música de Newsom.

El álbum corre durante dos horas, a lo largo de tres discos, y restregando ante nuestros oídos, o qué digo oídos, restregando frente a nuestros sentidos, una obra épica que captará nuestra imaginación y que seguramente nos transportará hacia lugares jamás imaginados. Joanna ciertamente ha evolucionado en todos los aspectos técnicos y creativos: la letra, la música y sobre todo, su voz. De comparar un álbum como The Milk-Eyed Mender a Have One On Me, la diferencia se convierte en algo abismal, por dramatizar un poco.

Encontrarse una obra artística de este calibre, una que pide lo mejor de nuestra atención, es un maravilloso alivio, dentro de una cultura musical que exige cada vez menos de su público y entrega un tanto menos a eso: música automática, mucha forma y nada de fondo. Artistas como Newsom nos regresan la fe en esa verdadera creación artística, con géneros que ya no pueden llamarse puros, sino eclécticos, mezclando el folk, con tintes de jazz, blues y un pop que podría llamarse barroco, por estar tan cargado de sonidos, que antes de aturdir armonizan.
(Hace rato que había escrito esto sobre el nuevo álbum de Joanna, el cual salió desde principios de este año.)

Por la noche...

Queridos lectores que habitan este planeta de cada vez más no-lectores, no tengo mucho qué decir esta noche (o mañana para cuando lo lean, o tal vez noche nuevamente). Llevo más de dos horas leyendo, sentada en una cómoda y bonita silla de las cuatro que integran mi pequeño antecomedor, a falta de un buen sillón –es esto o la cama, pero de ser la cama sé que terminaría dormida al poco rato, o también el piso, pero después de un rato me duele el derriér-. He estado leyendo El libro vacío por Josefina Vicens, un libro que nunca había escuchado nombrar hasta hace poco, y que por encargo escolar es que lo leo. Les confieso que estoy disfrutando muchísimo de su lectura. La última vez que me saboree un libro de esta manera fue con Diderot y su Jacques el fatalista. Generalmente soy una lectora de esas lentas que de vez en cuando debe regresarse un par de párrafos para releer lo recién leído. Mi retención tiende a fallar también de vez en cuando. Sin embargo, no ha sucedido tal cosa esta ocasión, lo cual me ha hecho leer con cierta rapidez, lo cual me ha inyectado una especie de emoción infantil, ya saben, como cuando recitamos por primera vez las tablas de multiplicar sin titubeo alguno y completa confianza, o como cuando podemos recitar al derecho y al revés las diferentes declinaciones del latín, o como cuando logramos hacer que el carro encienda (en caso de que no quiera encender) sin necesidad de hablarle al hombre de la casa.

Mientras leía, escuché durante dos horas y pico, una y otra vez, un disco de Louis Armstrong que alcancé a bajar durante una clase en la cual se veía algo sobre Estructuralismo, principios lingüísticos y cosas por el estilo (si puse atención, lo prometo)… Louis va muy bien con El libro vacío. En especial el capítulo en el que José García decide ser el elegido para alegrar la vida de common-man, el hombre que ha sido vencido por la vida, el dinero, el trabajo y la mala suerte; en ese preciso momento, “What a Wonderful World” se escuchaba con la rasposa y sensual voz del Armstrong (así es, sensual). Demasiado prosaico tal vez, aunque en el momento fue una “algo” altamente placentero y que me llenó la piel de bolitas. Pero finalmente, capítulos más tarde, tuve que renunciar a la lectura a causa de los ojos, los cuales comenzaron a llorar, con venas venas saltonas, mismas que se tornaron de un rojo muy intenso. Al terminar intercambié a Louis por Esquivel.

Siempre que hago tarea, el antecomedor termina hecho un desastre. Ya no hay pedazo de la superficie que permanezca visible, todo se convierte en un mar de hojas, libros apilados, diccionarios abiertos, libretas de apuntes abiertas; la pluma aquí, el lápiz allá, el libro que, según yo leeré al terminar las labores, está en la esquina, el cenicero con tres colillas arrugadas y la cajetilla ya vacía. Una taza de café a medio terminar, un vaso que hasta hace unos segundos contenía agua al tiempo; mi celular que jamás suena (y no porque no sirva, sino porque nadie me llama, sólo mis padres), un pequeño encendedor de color verde-chinga-pupila, el anillo de matrimonio que me he tenido que quitar debido a que me queda un poco grande y se me resbala con cada golpe al teclado. Y ya cuando todo llega al punto de la exageración, debo de apilar las cosas, ordenadamente, en cada peldaño de la escalera. Pero qué puedo decir, me gusta mi desorden; lo caótico me llena la cabeza de ideas, me inspira, razón por la cual apilo las cosas… es un orden desordenado.

Bueno, eso fue todo. Leer El libro vacío provocó la necesidad de escribir, así como José lo hace en su cuaderno número uno; escribir sobre nada en específico, simplemente divagar. Y ahora, dejaré de escribir y permaneceré quieta, escuchando música, escuchando una orquesta tocando bajo la dirección de Esquivel, con un coro cantando “…y tal vez ni siquiera en tus sueños te acuerdas de mí… en el mar, junto a ti, junto a ti, junto a ti… Nocturnal… nocturnal”, mientras me fumo el último cigarro de la cajetilla que mi esposo dejó olvidada sobre la mesa.


sábado, 18 de septiembre de 2010

Una llamada de atención, la canción fuera de tiempo según Blur

"Out of Time", canción perteneciente al álbum Think Tank de la súper banda britpopera Blur, es otra de mis favoritas y una que yo podría poner entre sus diez mejores canciones. Años, varios años antes de este álbum, “The Universal” profetizaba la esclavitud tecnológica a la sociedad; la victoria del capitalismo, el consumismo y la globalización. Estos tres puntos tan específicos y deplorables, son la única razón por la cual existen guerras el día de hoy (Irak – Estados Unidos). Ante la amenaza de guerra, el mundo entero se levantó para protestar en contra de ella sin obtener éxito alguno. Desatándose la guerra, las protestas siguieron y siguieron, en forma de películas, de literatura y de música, entre otras, y "Out of Time" es una de esas canciones creadas con el propósito de la reflexión: “Where’s the love song?/ Set us free/ too many people down/ everything turning the wrong way round”, canta Albaran.

Sí, parece que todo corre al revés y nos hemos salido del tiempo; nos hemos atascado en un eterno purgatorio inducido por la bestia capitalista y nos hemos dejado arrullar por su hipnótico y tentador canto, en donde muchos terminamos arrollados y arrastrados por la corriente y otros logramos sujetarnos firmes en contra de ella. Incluso el grito que se escucha al inicio de la canción, es nada más y nada menos que aquel del mismísimo Dr. Who. Un tiro acertadísimo, pues el Dr. Who es un personaje de televisión que viaja a través del tiempo para hacer y deshacer nudos. Buena metáfora para todo lo que está pasando. Obviamente nosotros no podemos meternos a una cabina telefónica y viajar a través de la historia para enmendar nuestros varios errores, lamentablemente; lo que sí podemos hacer es tal vez dar el paso hacia el despertar de la conciencia y decidir no seguir siendo arrastrados por la corriente. "Out of Time" es una canción que me hace pensar en todo esto, esta canción me sacude y golpea la conciencia, me avienta rocas y sacos para que en ellos me meta y me los mida. Sartre estaría orgulloso… creo.

Fuera del obvio mensaje impreso por parte de Albaran, la canción le tira a ser una balada acústica dedicada a la conciencia humana. Tal vez suene cursi o ridículo, pero si la han escuchado seguramente sabrán de lo que hablo y si no la han escuchado, tómense unos 4 minutos para sumergirse en una delicia melódica.

And you’ve been too busy lately that you haven’t found the time/ to open up your mind/ and watch the world spinning gently out of time”.