Es una presencia que va tomando posesión de la mente, del espíritu y eventualmente del cuerpo, sin embargo no sabemos qué es. Jamás lo habíamos experimentado; lo conocemos por reputación, historias contadas a través de generaciones, por sueños. Un mito lejano a nuestros tiempos. Nos provoca escalofríos, le tememos, lo evitamos.Cuentan que en él escuchamos nuestra verdadera voz y nos vemos tal como somos. Nos volvemos vulnerables y desnudos ante los ojos del mundo: las máscaras que usamos ante ojos ajenos caen desechas al suelo. Terminan las apariencias, los falsos modales, las sonrisas obligadas, los llantos reprimidos. Existe la paradoja en la presencia de la nada y la falta del todo. Sucede un momento eterno en lo que dura un segundo; ahí nos conectamos con Dios, con la vida, con lo que sea que nos mueva. Nos embarga el miedo y nos alivia la esperanza. Respiramos por primera vez, nos volvemos invisibles y, por ese segundo, perfectos. Y la vida es perfecta. Solo un segundo que, al siguiente desaparece.......pero eso es lo que dicen, el lejano mito del silencio. Aquel al que le tememos y le evitamos. La fuerza oscura que nos oblliga a ver quién es quien realmente habita en nuestros cuerpos.
Nomás porque sí: porque fanfarronerías sonoras provenientes de trompetas doradas llenan el archivero de mi cabeza. Porque los bloques contra la inspiración aturden. Porque no hay más que hacer más que aventar los escupitajos de letras hacia el camino. Porque duelen las llagas de los dedos de tanto escribir. Porque hay que escribir. Porque si no escribo, moriré.
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sábado, 7 de febrero de 2009
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