Mostrando entradas con la etiqueta extracto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta extracto. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de octubre de 2012

Mis mañanas descritas por Boris Vian


"Claude Léon oyó a babor el trompeteo del despertador y se despertó para escucharlo con mayor atención. Una vez hecho, volvió a dormirse maquinalmente y, sin intención alguna, reabrió los ojos cinco minutos después. Miró la esfera fosforescente, comprobó que era la hora y rechazó la manta; afectuosa, al instante la manta trepó a lo largo de sus piernas y lo envolvió. Estaba oscuro y todavía no se distinguía el triángulo luminoso de la ventana. Claude acarició la manta, que dejó de moverse y consintió en permitir que se levantase. Se sentó, pues, en el borde de la cama, extendió el brazo izquierdo para encender la lámpara de la cabecera, se percató, una vez más de que la lámpara se encontraba a su derecha, extendió el brazo derecho y se golpeó, como todas las mañanas, contra la madera de la cama.

-Acabaré serrándola -murmuró entre dientes.

Los cuales se separaron de improviso y la voz de Claude resonó bruscamente en el aposento.

'¡Vaya, hombre! -pensó-. Voy a despertar a toda la casa.'

Pero, aguzando el oído, percibió la cadencia uniforme, la suave y pausada respiración de los suelos y de las paredes, y se tranquilizó. Las líneas grises del día se comenzaban a entrever alrededor de las cortinas. Fuera, había la opaca claridad de una mañana invernal. Claude Léon exhaló un suspiro y sus pies buscaron las pantuflas sobre la alfombrilla. Se puso de pie con esfuerzo. El sueño se resistía a escapar de sus poros dilatados, produciendo un blando ruidito, como un ratón que sueña. Desde la puerta y antes de darle al interruptor, se volvió hacia el armario. La víspera había apagado la luz bruscamente, en el instante exacto en que hacía una mueca ante el espejo, y ahora quería volverla a ver, antes de ir a la oficina. Encendió de golpe. Su rostro de la noche anterior estaba aún allí. Rió estentóreamente al contemplarlo; después, el rostro se esfumó a la luz de la bombilla y el espejo reflejó al Claude del nuevo día, a quien Claude volvió la espalda para irse a afeitar. Siempre se apresuraba para llegar a la oficina antes que su jefe."


El otoño en Pekín, Boris Vian
Tusquets Editores México, pp. 29, 30.

viernes, 31 de agosto de 2012

"Un poco más tarde"

Escribir es buscar la suerte.

La suerte anima las partículas más peque- ñas del universo: el centelleo de las estrellas es su poder, una flor de campo sin incantación.

El calor de la vida me había abandonado, el deseo ya no tenía objeto: mis dedos hostiles, do- loridos, tejían siempre la tela de la suerte.

Al reconocer a la suerte tan nauseabunda an- gustia, tenía el sentimiento de llevarle el hilo que faltaba.

Feliz, yo era su juguete, era su cosa, ELLA era el sol en la espesa bruma de mi desgracia.

La había perdido, pero conociendo los secre- tos de las palabras, mantenía entre ella y yo el lazo de la escritura.

La suerte está velada en la tristeza de este libro. Sería inaccesible sin él.

Georges Bataille en El Pequeño



Hoy aplico la de Jarmusch... he tomado la voz de Bataille prestada mientras me nacen ideas propias. O mejor dicho, mientras organizo el caos de ideas que ya me provocan dolor de cabeza.

martes, 19 de junio de 2012

2 + 2 = ...........

La realidad existe en la mente humana y en ninguna otra parte. No está en la mente individual, falible y perecedera, sólo está en la mente del Partido, que es colectiva e inmortal. Lo que el Partido declara como verdad es la verdad. Es imposible ver la realidad excepto a través de los ojos del Partido. Esa es la enseñanza que tienes que volver a aprender, Winston. Requiere de un acto de autodestrucción y un esfuerzo de voluntad. Debes humillarte antes de recobrar la razón. 
     O'Brien se detuvo como para permitir que Winston asimilara sus palabras.
    -¿Recuerdas -continuó- haber escrito estas palabras en tu diario: "la libertad consiste en poder afirmar que dos y dos son cuatro"?
     -Sí -contestó Winston. 
     O'Brien levantó su mano izquierda, con el dorso hacia Winston, el pulgar oculto en la palma, y cuatro dedos extendidos.
     -¿Cuántos dedos ves, Winston?
     -Cuatro.
     -¿Y si el Partido dijera que son cinco y no cuatro? ¿Cuántos verías?
     -Cuatro.
     La palabra terminó con un jadeo de dolor. La aguja de la carátula marcaba cincuenta y cinco. El sudor brotaba de todo el cuerpo de Winston. El aire desgarraba sus pulmones y lo exhalaba con intensos quejidos que ni siquiera apretando los dientes podía reprimir. O'Brien lo miraba, mientras le mostraba los dedos extendidos. Jaló la palanca del aparato y apenas si disminuyó el dolor.
   [...]
     -¿Cuántos dedos, Winston?
     -¡Cinco, cinco, cinco!
     -No, Winston, así no sirve. Estás mintiendo. Todavía piensas que son cuatro. ¿Cuántos dedos, por favor?
     -¡Cuatro! ¡Cinco! ¡Cuatro! Los que quieras. Pero basta, ¡basta de hacerme sufrir! 
     [...]
     -Te cuesta trabajo aprender, Winston -dijo O'Brien con amabilidad.
     -¿Cómo puedo evitarlo? -lloriqueó Winston-. ¿Cómo puedo negar lo que está enfrente de mis ojos? Dos y dos son cuatro.
     -No siempre, Winston. A veces, son cinco. A veces, son tres. En otras ocasiones, son tres y cinco a la vez. Tienes que hacer un esfuerzo. No es fácil recobrar la cordura.

jueves, 19 de febrero de 2009

El artista, según Herman Hesse

"Estos individuos llevan en su interior dos almas, dos naturalezas; en ello coexiste lo divino y lo demoniaco, la sangre materna y la paterna, la capacidad de felicidad y la de sufrimiento, tan hostiles y confusos lo uno junto y dentro de lo otro (…) Y estas personas cuya existencia es muy turbada, viven a veces en sus raros momentos de felicidad algo tan fuerte y tan indescriptiblemente maravilloso, la espuma de la felicidad efímera salta constantemente tan alta y brillante por encima del mar del sufrimiento, que este breve relámpago de dicha alcanza y encanta radiante también a otras personas. De esta manera se producen, como divina y fugitiva espuma de felicidad sobre el mar del sufrimiento, todas aquellas obras de arte, en las cuales un solo individuo torturado se eleva por un instante tan alto sobre su propio destino, que su felicidad resplandece como la luz de una estrella, y a todos aquellos que la ven, les parece algo perpetuo y como su propio sueño de felicidad. Todos estos seres, llámense como se quieran sus hechos y obras, no tienen en realidad, por lo común, una vida auténtica; es decir, su vida no es ninguna esencia, no tiene forma, no son héroes o artistas o pensadores a la manera como otros son jueces, médicos, zapateros o maestros, sino que su existencia es un movimiento y un flujo y reflujo perpetuos y dolorosos; está desdichada y lastimosamente desgarrada. Es pavoroso y no tiene sentido justamente en aquellos escasos sucesos, hechos, ideas y obras que radian por encima del caos de una vida así."
-en Lobo estepario.