jueves, 29 de septiembre de 2011

... pensando sobre Radiohead

La primera vez que escuché OK Computer tenía alrededor de 12, 13 años y fue ‘Karma Police’. No entendía muy bien lo que Yorke cantaba, pero la música… la música, el feeling… había algo ahí que me hacía sentir cosas que jamás había sentido, me hacía pensar cosas que jamás había pensado. En mi pequeño mundo de cuasi-adolescente, experimentando por primera vez el sentimiento de otredad, la vida parecía ser solamente de una manera, y he aquí que en cuatro minutos, una melodía me abría un panorama vasto e ilimitado. Todo a mí alrededor, llámese la plasticidad de compañeros preparatorianos con los cuales compartía obligatoriamente mi tiempo, llámese personas que se hacían llamar amigos, llámese el entrar en términos con uno mismo y acostumbrarse a los cambios físicos, ideológicos –si es que a esa edad se tiene ideología alguna, o comenzando por el simple hecho de saber lo que era una ideología-, en fin… una serie de cosas; todo aquello quedaba opacado por un pedazo de música. Fue la primera vez (mi primera vez) que descubrí que podía perderme de esa manera. “For a minute there, I lost myself” me cantaba al oído. Pero no me perdí solamente por un minuto, sino ya de por vida. Me encontré a mí misma en la música y ya nunca me he vuelto a perder. Así que Radiohead se convirtió en mi coming-of-age-band… la música de mi evolución. Y así como me sucedió a mí, le sucedió a medio mundo. No me siento especial, ni original por ello, sino comunicada y relacionada con todo un universo de personas, de mentes, de ideales, lo cual se me hace algo increíblemente genial.

A partir de OK Computer, regresé a las bases, a Pablo Honey y The Bends, a re-escuchar piezas de música que ya había escuchado; canciones a las cuales había dado muecas y gestos, sonrisas y guiños, pero con las cuales no me había permitido perderme del todo. El debut realmente no es de mis discos favoritos, salvaría un par de canciones realmente, aunque una de ellas la desecharía por choteada. Tan choteada que aun hoy en día es la culpable de que ciertas películas terminen por ganar el Oscar en categorías como mejor soundtrack. En fin. Comenzar en el tercer peldaño del escalón y regresar al inicio, me permitía una perspectiva un tanto diferente de lo que fue el origen de una de las bandas más importantes de los últimos 20 años (digan lo que me digan). O, mejor, creo que debo rectificar… la banda más importante de los últimos 20 años. Escuchar su música no era una mera actividad de escuchar por escuchar, sino de experimentar, de contemplar; de escuchar y asimilarlo todo, reflexionar y reinterpretar los sonidos y la letra, las voces y los ambientes. Supongo que esto fue algo parecido a lo que sucedió con los Beatles y discos como el Sgt. Pepper's... Ya no eran meros discos de música que uno ponía por evitar el silencio, sino obras artísticas a las cuales uno recurría en momentos de necesidad, de gran vorágine creativa y reflexiva; en momentos en los cuales uno quería permanecer a solas con sus propias ideas, en ese estado de perfecta comunión entre el ser y el estar. Kid-A y Amnesiac representan esa necesidad de inmersión. Inmersión en una manera de crear sonidos dentro de una paradoja, en la cual, a través de la organicidad de los instrumentos y la, aparente, plasticidad de lo electrónico, se creaban ambientes o estados que entraban en completa comunión con el ánima… ¿qué otra manera hay describir lo que, canciones como ‘How To Disappear Completely’, quieren decir? “That there, that’s not me. I go where I please, I walk through walls”. O el ahogado jazz que proporciona ‘Pyramid Song’, y digo ahogado por esa sensación computarizada que se contrapone con la batería y el piano. Y así podría nombrar y nombrar ejemplos, pero para qué. Qué mejor que escuchen los discos de primera mano. Pero no es solamente el “qué me hace sentir” o “lo que me ayuda a descubrir de mí persona”, sino lo que también aprendo, con lo que lo relaciono y las cosas que descubro de todo ello. Eso que imprimen en las cajitas de plástico “La música es cultura”, sé que todos lo leen, pero nadie lo cree, o al menos somos pocos los que lo creemos de corazón. En literatura aprendemos que una obra tiene detrás de sí una enorme tradición literaria sobre la cual se construye y de la cual no puede escindirse. Esto es una verdad que se aplica también a la música; no solamente en un nivel musical, sino literario, cinematográfico, artístico en general. La música no sólo habla de música, sino de la vida y todos sus agregados. Escuchen el Hail To The Thief y quien haya leído a Orwell me dará la razón, y es que la referencia está más que obvia… ‘2+2=5’: “Are you such a dreamer, to put the world to rights? I’ll stay home forever, where two and two, always makes a five […] It’s the devil’s way now, there is no way out. You can scream and you can shout. It is too late now because you haven’t been paying attention”. Prácticamente un resumen de 1984. Escalofriante y fascinante al mismo tiempo.

Radiohead ha redefinido no solamente vidas –que se escucha cursi y mamón al mismo tiempo, pero digámoslo así nomás por decirlo-, sino que ha definido a toda una industria que cayó en el hoyo del consumismo, la publicidad y la mercadotecnia, de la moda, de lo naïf, incluso, en un sentido de ingenuidad y desprendimiento que al escucha lo quiere evadir de toda sensación. In Rainbows fue en contra de toda esa cultura de fatalidad consumista cuando decidieron dejarlo al precio que la gente quisiera. Ahora sí que por amor al arte, lo cual terminó de flecharme el corazón. A parte de que se volvió a solidificar como una de las bandas más innovadoras creativamente y musicalmente, con una propuesta totalmente original, fue un parte-aguas dentro de la historia de la industria. Y de ahí p’al real. Podría seguir vertiendo mis tripas y mi corazón en el tema, pero nunca terminaría. Mejor lo dejo y los dejo con la esperanza de que corran a poner algún álbum de mí banda favorita (y la favorita de muchos otros)… yo por lo pronto termino escuchando ‘Life In a Glass House’ del Amnesiac.


jueves, 22 de septiembre de 2011

(chueco)

Vámonos chueco, desde que cuelgo la camisa en un techo desigual. Los ganchos no enganchan y los hilos no hilan... las ideas quedan sueltas, por ahí, en el aire, mezclándose con el oxígeno, con el carbono; contaminándolo todo, todo aquello que puro alguna vez fue, y ahora, en esa invisible nube de negruzco vapor colgamos todo, nos colgamos todos, como en un principio quedó colgada aquella camisa... una camisa, colgada de un techo torcido, empañando el ambiente del color tan brillante que alguna vez tuvo.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Digresiones a las 4 de la mañana.

Es madrugada de argentinos… A las cuatro de la mañana Gustavo Cerati resuena con todo su esplendor en mis audífonos mientras leo El túnel de Ernesto Sábato. Todo comenzó hace ya más de media hora, mientras acostada, entre la fogosa penumbra, salió del caótico shuffle del iPod ‘Cosas Imposibles’, y sumándolo al hecho de ya no tener sueño, decidí continuar leyendo acompañada de Bocanada. La combinación no está nada mal, la verdad. Aunque imágenes de bebés plastificados bailando sobre incubadoras saltan a la mente de vez en cuando, cosa que no tiene nada que ver con mi embarazo, eso sería ya un poco patológico. Y sí, al mismo tiempo escribo… soy una calificada multi-tasker con concentración dispersa pero bien enfocada.

(esta es la razón de los bebés plastificados)

martes, 13 de septiembre de 2011

St. Vincent en la madrugada

A la 1:48 de la mañana, siendo un martes cualquiera, me encuentro despierta y cansada, solamente deseando poder dormir; sin embargo, al parecer, los martes son días en que los deseos no se hacen realidad, así que me resigno, como muchas noches anteriores, a pasar desvelo y cargar con ello horas más tarde, mientras escucho clases, mientras tomo apuntes, mientras intento razonar el último pedazo de poesía española. Al menos tengo compañía, el pequeño bebé que cargo dentro de mi está despierto también, y al parecer muy entretenido, moviéndose y estirándose a sus anchas, quitándole el aire a mamá. En fin, trato de concentrarme en otra cosa, como en el juego de solitario que he dejado a medias para escribir, o concentrarme en la voz de St. Vincent, de quien he obtenido su último disco Strange Mercy y del cual hablaré justo en estos momentos, nada más por tener algo que hacer… digo, algo más que jugar solitario, lo cual encuentro verdaderamente desesperante.

Strange Mercy es el tercer álbum de esta belleza (diosa) de mujer, por quien me aflora un ligero amor lésbico, debido a la inmensa admiración que me causa, mezclado enfermizamente con un pequeño porcentaje de envidia por semejante talento. Ya ven, aquellos que no podemos crear música, la escuchamos, la contemplamos, la veneramos y en sus deliciosas notas nos llenamos de placer. Hace dos años que este mismo sentimiento afloró en mi al escuchar Actor (2009), su segundo álbum; y dos años antes que eso fue exactamente la misma sensación con Marry Me (2007), mezclado con la peculiar extrañeza de escuchar su violenta manera de enfrentar una canción… la amé. Tras escuchar Strange Mercy, me he visto en la necesidad de regresar al pasado y comparar, notar el crecimiento o la evolución, si es que alguna hubo (sí, sí la hubo); los sonidos, la letra, los colores que proyecta, etc. Y vaya, no pienso describir diferencia por diferencia, los aburriría, me aburriría a mí misma. Es un claro crecimiento en un abanico de cuatro, cinco años; mientras que en Marry Me se percibe una ligera inocencia o ingenuidad, en Strange Mercy es palpable una cruda honestidad sobre su propio crecimiento, sobre la vida, sobre el tedio y el ocio, sobre el querer sobresalir y ser algo, alguien más. Ejemplo de esto último podrían ser “Cruel”, “Cheerleader”, o “Year of The Tiger”, la cual me recordó a la ya temática y arquetípica “Eye of the Tiger”. Las canciones están cargadas de energía, de guitarrazos estridentes, cargados de fuzz, violentos incluso, cuyos orígenes han sido descritos por ella misma como productos del feeling del momento, de lo que la canción pide para sí y no tanto de la técnica. Estos ambientes creados a lo largo del álbum me hace recordar en veces una versión temprana de Björk, quizá algo entre el Homogenic y Post (aunque por supuesto que no comparo a una con la otra, son dos voces, dos estilos, dos personajes muy diferentes). El álbum es de una crudeza pegajosa que jamás llega a esos niveles de bizarra creación musical a los cuales llega Björk; St. Vincent oscila más entre el pop y el rock, coqueteando en un nivel muy menor con aspectos electrónicos. El resultado es un disco rebosante de ritmo, de perfectas armonías, de paradojas entre la dulce y engañosa voz de Annie Clark y la brutalidad con la cual toca la guitarra, paradojas entre la letra, a veces cargada de fuerza, y la aparente melodía despreocupada con la cual contrasta, o viceversa, como en “Hysterical Strength”, la penúltima pieza del álbum.

Bien dicen que la tercera es la vencida, pero cuando se tienen tres magníficos discos, colaboraciones a diestra y siniestra, no creo que aplique el dicho. Ese número tres no es un limitante, sino una señal, o mejor, una promesa de que las creaciones musicales de esta mujer no se harán esperar, su talento no terminará desechado por las alcantarillas y de que seguiremos disfrutando de sus canciones por mucho tiempo. Pero mientras esos tiempos venideros llegan, termino de escuchar su discografía y deleitándome con su voz, quizá en espera de que algún día llegase yo a tocar y cantar como ella (Ja)… está bien, esta vez sólo me pierdo en la fantasía, lo que realmente deseo ya, es dormir.



viernes, 2 de septiembre de 2011

Inicio y fin de un viaje natural.

Leyendo sobre asuntos escolares, me distraje por las hipnóticas melodías: oscuras, trágicas, melancólicas, ridículas, divertidas, sensuales, soberbias, legendarias… la concentración simplemente ya no se dio, y mi interés migró de un punto a otro totalmente diferente. Dejé mi cuerpo, ahí sentado frente al escritorio, frente al caótico desparrame de hojas cuyo contenido teórico comenzaba a adormecer mis sentidos; lo dejé inerte, tranquilo, con la mirada perdida en la grisácea pared torpemente iluminada. Ahí me dejé atrás y continué, al mismo tiempo, no en cuerpo, pero en esencia, en ser, hacia otro lado, liderada por el más inusual de los líderes; mas quién soy yo para negar semejante viaje, provocado por la más exquisita de las drogas (y aún bastante legal), por el mejor de los vicios, aquel que se presta a ser utilizado en toda su exagerada amplitud o en el más estoico de los gustos… viaje ininterrumpido, ilimitado, ilusionado, soñador, ridículo, estúpido, ocioso, agradable. Sin topar con el techo me atrevo a brincar en un mundo desproporcionado de gravedad alguna; y con esa misma ligereza con la cual he podido abandonarme al olvido del mundo, de la humanidad, de mí misma, con esa misa ligereza me enfrento ante la blancura que siempre me acecha, me intimida, me incomoda, me hace daño, me bloquea, me enfurece. Oscilando la mirada entre la grisácea pared y ese blanco pedazo de espacio que tanto acongoja la inspiración, escribo sin pensar y pienso en lo que escucho, pues este es el único camino que parece continuar hacia puerto seguro contra la indiferencia que esa blancura me provoca. Rasgueando fuera de tono, bajo el cielo del oeste, despojado de nube alguna, sigo este camino de terracería mental que me impide pues trabajar, una vez que aquel ilimitado viaje se vio violentamente obligado a finalizar. Y nuevamente me enfrento a la blanquecina franqueza del espacio irreal que frente a mi amenaza la vista jovial que comienza a fallar.

lunes, 29 de agosto de 2011

Es solo diálogo... (2)

El inicio de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) es uno de los mejores inicios de película que he visto; corriendo en escasos minutos, se presenta una pequeña conversación/interrogatorio cargado de tensión y nerviosismo entre un detective y un replicante (un androide, robot-humano, como quieran verlo, loco, psicópata, peligroso). Envueltos ambos personajes en ese ambiente de cine negro, oscuro, lleno de humo, miradas luminosas, misteriosas, mentirosas. Por ese encanto que tiene los primeros momentos de la película, tras la introducción sonora de la soberbia creación de Vangelis, tuve que transcribir la escena, play/pausa cada determinado número de palabras. So... aquí va:
(Knock, knock)

Mr. Holden: Come In. Sit down.
Leon: Care if I talk? I kinda get nervous when I take tests.
Mr. Holden: Just please don’t move.
Leon: Oh, sorry. I already had an IQ test. I don’t think I’ve ever had one of these.
Mr. Holden: Reaction time is a factor, so pay attention. Now answer as quickly as you can.
Leon: Sure.
Mr. Holden: 1187 at Hunterwasser.
Leon: That’s the hotel.
Mr. Holden: What?
Leon: Where I live.
Mr. Holden: Nice place?
Leon: Yeah, sure, I guess. Is that part of the test?
Mr. Holden: No, just warming up, that’s all.
Leon: Huh, It’s not fancy or anything…
Mr. Holden: You’re in a dessert, walking along in the sand, when all of the sudden…
Leon: Is this the test now?
Mr. Holden: Yes. You’re in a desert, walking along in the sand, when all of the sudden you look down…
Leon: What one?
Mr. Holden: What?
Leon: What desert?
Mr. Holden: Doesn’t make any difference. It’s completely hypothetical.
Leon: But how come I’d be there?
Mr. Holden: Maybe you’re fed up. Maybe you wanna be by yourself. Who knows? You look down you see a tortoise; it’s crawling towards you…
Leon: Tortoise? What’s that?
Mr. Holden: You know what a turtle is?
Leon: Of course.
Mr. Holden: Same thing.
Leon: I’ve never seen a turtle. But I understand what you mean.
Mr. Holden: You reach down, you flip the tortoise over its back…
Leon: Do you make up these questions Mr. Holden? Or do they write them down for you?
Mr. Holden: The tortoise lays on its back, its belly baking in the hot sun, beating its legs, trying to turn itself over, but it can’t. Not without your help. But you’re not helping.
Leon: What do you mean I’m not helping?
Mr. Holden: I mean you’re not helping. Why is that, Leon? They’re just questions, Leon. In answer to your query, they’re written down for me. It’s a test designed to provoke an emotional response. Shall we continue?
Leon: (nods affirming).
Mr. Holden: Describe in single words only the good things that come into your mind about your mother.
Leon: My mother?
Mr. Holden: Yeah.
Leon: Let me tell you about my mother…

lunes, 8 de agosto de 2011

El bello regreso de Beirut con The Rip Tide


Este domingo a las ocho con tres minutos de la AM, tras desayunarme un peanut-butter-jelly-sandwich y un vasote de leche con chocomilk –como toda buena niña-, me dispuse a terminar mi tarea –como toda buena niña-, pero me valió madre y terminé escuchando a Beirut con su nuevo álbum The Rip Tide… y aún lo escucho. Beirut es una agrupación que siempre se escucha bien; muy coherente, cohesiva, armoniosa. Quizá tenga que ver con su propuesta musical, quizá con la clase de instrumentos que utiliza, pues no son instrumentos que uno generalmente vea en bandas de corte independiente folk-pop (aunque no quisiera realmente usar el término pop, ya en estos días es un poco peligroso utilizarlo pues puede que quede perdido entre malas miradas; es un género que ha perdido reputación, al menos para mí). Su sección de instrumentos de viento (trompetas, tubas y tal), la utilización de acordeones, etc., termina matizando de tal manera las canciones que uno se hipnotiza en el ambiente. En la música mexicana –la tradicional música mexicana, como el mariachi- es usual y muy común toparnos seguido con estos instrumentos, ya estamos acostumbrados a su sonido, al sentimiento que transmiten y al ambiente que crean, así que verlos trasladados a otro contexto musical y cultural resulta una sorpresa muy grata y agradable.

March of the Zapotec & The Realpeople Holland fue su álbum anterior, y todo esto que he dicho se escucha desde que transcurre el primer segundo de la primera canción, la cual es sólo un intro, pero una vez entrando al álbum, con el segundo track “La llorona”, es entrar a territorio conocido. La banda viajó a México para la realización de March of the Zapotec, se instaló en México y se llenó de los sonidos y los ambientes tradicionales del país para su disco; el resultado, pura excelencia. La marcha del zapoteca es un álbum verdaderamente bellísimo y adictivo. Ya con The Rip Tide, Beirut regresa nuevamente a su sonido, ese tan particular que descubrimos con Gulag Orkestar. En el regresar un poco a sus raíces, lograron crear magia nuevamente. Esta es una banda que no se ha perdido en el camino, no se ha vendido, ni se ha dejado corromper por la industria, algo verdaderamente bueno para la gente sencilla como uno que no gusta del mainstream musical de la actualidad.

The Rip Tide es un álbum corto, apenas 9 canciones, sobrepasando ligeramente la media hora, pero ya ven eso que dicen, a veces las mejores cosas vienen en porciones pequeñas, pues he aquí la verdad de ello. Es un álbum que crece conforme transcurren las canciones y se mantiene sólido; no tiene, a mi parecer, puntos bajos, o momentos en los cuales se cae, como en una historia. Logra mantener el interés en todo momento; se aferra a él y a uno con las uñas clavadas en el oído. Es alegre y optimista, como en “Santa Fe”; en momentos es melancólico y poético, como una confesión declarada bajo el aliento, en el caso de “Goshen” o “The Peacock”. Un polifacético abanico de ambientes y emociones, en el cual uno inevitablemente se pierde; en menos de lo que uno se imagina, “Port of Call”, el último corte del disco, termina despidiéndonos del sonido beirutiano. Definitivamente un álbum para el verano, para escucharse de día o de noche y dejarse hipnotizar por él.

martes, 19 de julio de 2011

Es sólo diálogo...

Porque no tengo nada mejor que hacer -ya leí, dibujé un rato, vi el techo y mantuve una conversación conmigos misma durante unos minutos-, he transcrito toda una escena de una de mis películas favoritas, obra de los genialísimos hermanos Coen. The Big Lebowski (1998), es una película buenísima de esas como las que pocas veces se encuentran ya dentro de Hollywood, pero claro, es de los Coen. Es una comedia que realmente nos hacen reír y eventualmente terminar recordando y citando el diálogo. Y es que tocando el tema del diálogo, es tan natural, tan fluido, tan espontáneo, estúpido e irreverente. La película es una historia de enredos comenzando por dos personajes bajo el mismo nombre: Jeffrey Lebowski. El primer Jeff Lebowski (Jeff Bridges) es un pensionado veterano de guerra que pasa sus días bebiendo rusos blancos, fumando mota y jugando bolos; se hace llamar y  responde sólo al nombre de The Dude. El segundo es un millonario parapléjico, de edad avanzada, cuya esposa ninfómana es perseguida por deberle dinero a un magnate de la industria fílmica porno. Los achichincles del magnate mandan cobrar dichas deudas y terminan confundiendo a The Dude (el primer Lebowski) con el millonario Lebowski. Y como dicen... de ahí pa'l real; la historia se desenvuelve con toda fineza y naturalidad colina abajo con una lista de ridículos y caricaturescos personajes interpretados a la perfección.

Esta escena sucede justo tras la parte introductoria de la película, en la cual los achichincles del pornógrafo confunden a The Dude con el millonario y terminan orinándose en su carpeta persa. ... ... ...

Walter: This was a valued rug. This was a…


Dude: Yeah, man, it really tied the room together.

Walter: This was a valued, uh…

Dude: Yeah.

Donny: What tied the room together, Dude?

Dude: My rug.

Walter: Where you listening to the Dude’s story, Donny? Where you listening to the Dude’s story?

Donny: I was bowling.

Walter: So you have no frame of reference here, Donny. You’re like a child that wanders into the middle of a movie…

Dude: Oh, Walter. What’s the point?

Walter: There’s no reason… Here’s my point, Dude. There’s no fuckin’ reason...

Donny: Yeah Walter, what’s your point?

Walter: What?

Dude: Listen, what is the poi… Look, we all know who is at fault here. What the fuck are you talking about?

Walter: Huh? No, what the fuck are you… I’m not… We’re talking about unchecked aggression here.

Donny: What the fuck is he talking about?

Dude: My rug.

Walter: Forget it Donny, you’re out of your element!

Dude: Walter, the Chinaman who peed on my rug. I can’t go give him a bill! So what the fuck are you talking about?

Walter: What the fuck are you talking about? The Chinaman is not the issue here, Dude! I’m talking about drawing a line in the sand, Dude. Across this line, you do not… Also, Dude, “Chinaman” is not the preferred nomenclature. “Asian-American”, please.

Dude: Walter, this isn’t a guy who built the railroads here. This is a guy…

Walter: What the fuck are you ta…?

Dude: Walter, he peed on my rug.

Donny: He peed on the Dude’s rug.

Walter: Donny, you’re out of your element! The Chinaman is not the issue here.

Dude: So, who…?

Walter: Jeff Lebowski. The other Jeffrey Lebowski. The millionare.

Dude: That’s fucking interesting man. That’s fucking interesting.

Walter: Plus, he has the wealth, obviously, and the resources, so that there is no reason, there’s no fucking reason why his wife should go out and owe money all over town, and then they come and they pee on your fucking rug! Am I wrong?

Dude: No.

Walter: Am I wrong?

Dude: Yeah, but…

Walter: Ok then. That rug really tied the room together, did it not?

Dude: Fuckin’ A.

Donny: And this guy peed on it.

Walter: Donny, please.

Dude: You know, this is the fucking guy… I could find this fucking Lebowski guy.

Donny: His name is Lebowski? That’s your name, Dude.

Dude: This is the guy who should compensate me for the fucking rug. His wife goes out and owes money all over town and they pee on my rug?

Walter: They peed on your fucking rug.

Dude: Peed on my fucking rug.

Walter: That’s right, Dude. They peed on your fucking rug.

Aquí el video. Ahora me voy, seguiré viendo el techo y conversando con me, myself and I.

martes, 12 de julio de 2011

Confesiones conspiranóicas

Me he fijado que, debido a mi ya acrecentada pancita debido al embarazo, la gente se me queda viendo de una manera muy peculiar. No son miradas de ternura, de “mira qué bella mommy-to-be”, ni miradas de congratulación, sino miradas prejuiciosas, chismosas, curiosas. Son miradas de incredulidad y desaprobación (la mayoría de ellas). Para lo que me importa; no podría importarme menos, realmente desecho las miradas y lo único que en mi provocan es risa. Risa porque está claro que la gente no puede dejar de proyectar sus propios traumas hacia los demás, porque está claro que pensemos cuanto queramos sobre cómo esta sociedad ha avanzado hacia una equidad en los sexos, sigue siendo una sociedad misógina (y hago notar que NO soy feminista, de hecho, tanto el machismo como el feminismo me cae mal, mal, muy mal… los excesos jamás han traído nada bueno), lamentablemente. Platicando sobre mis teorías a mi esposo, él llega a la conclusión de que, la razón por la cual recibo tan peculiares miradas de la ajenidad es porque parezco una adolescente de 16/17 años (genes, mis padres son traga-años… gracias Papá y Mamá) y es que mi esposo también parece un muchachillo mocoso (la greña larga y los converse ayudan mucho en eso); así que henos ahí, una pareja de adolescentes que ha caído a la tentación de tentaciones, probando, según ellos, el dulce fruto que sólo está reservado para los verdaderos cónyuges. ¡Oh, gente de mente cerrada! Algún día llegaremos a la madurez mental en donde todos aprenderemos a ver más allá de nosotros mismos, más allá de nuestras envidias y psico-traumas. Mientras tanto, seguiré divirtiéndome al recolectar dichas miradas, pues en verdad, a quién no le gusta tener un público.

domingo, 3 de julio de 2011

Cosas del verano #2: leyendo a Rabelais

Good Sunday my lovely bloggers! Entro por el dolor de separación que el no tener acceso a internet me causa; entro porque extraño este mundo, porque extraño teclear y ver cómo aparecen las cosas que tecleo sobre el blog. Entro nomás porque quiero... y también, en vista de que esta vez que entro no tengo nada interesante que decir (o qué pensar), les comparto un poco de lo que estoy leyendo en la página 109 de Gargantúa y Pantagruel de Francois Rabelais... un clásico que jamás había leído hasta apenas ahora y el cual me está gustando... al menos no paro de reír. Espero que con esto les pique un poco la espina y les entre ganas de leerlo, si es que, como yo, tampoco lo habían hecho.



"... y trascoladas cerca de los nervios ópticos, en lo que estaban representados Demócrito heraclitizando y Heráclito democritizando.

Cuando se hubieron calmado las risas, Gargantúa consultó con sus gentes sobre lo que convenía hacer. Ponócrates opinó que se hiciera beber otra vez al elocuente orador y que, en vista de que les había dado tanto solaz y hecho reír más de lo que habría podido hacerles reír Songecreux, le entregaran los diez palmos de salchichas mencionados en la jocosa arenga, junto con un par de calzas, trescientos leños para el hogar, veinticinco moyos de vino, un lecho con tres colchones de pluma de ánsar y una escudilla muy honda, cosas que él decía necesarias para su vejez.

Todo fue hecho tal como había sido acordado, sólo que Gargantúa, dudande de si se encontrarían en aquel momento calzas cómodas para sus piernas, y preguntándose también de qué forma le sentaría mejor al orador, si a la martingala, que tienen un puente levadizo sobre el culo, para poder defecar cómodamente, o a la marinera, para mejor abrigar los riñones, o a la moda suiza, con muchos adornos para llevar caliente el trasero o en forma de cola de bacalao, por si tenía miedo de calentar la región renal, hizo que le dieran siete varas de paño negro y tres de la na blanca para forros. La leña fue llevada po rlos ganapanes; los doctores en artes llevaron las salchichas y las escudillas. Maese Janoto quiso llevar el paño.

Uno de dichos profesores, llamado maese José Baudouille, le demostró que eso no era decoroso ni conveniente para el estado teologal, y que era mejor que lo entregara a alguno de ellos.

-¡Ah -exclamó Janoto-, grandísimo borrico!, no concluyes in modo et figura. He aquí para qué sirven las proposiciones de Parva logicalia. Pannus pro quo supponit?

-Confuse -respondió Baudouille- et distributive.

-No te pregunto, asno -replicó Janoto-, quo modo supponit, sino pro quo. Es decir, asno, pro tibis meis, y por eso lo llevaré egomet, sicut suppositum portat adpositium."

(Fin de la página 109).



Esta suma pues una más de mis lecturas de verano y ha resultado ser una muy buena, entretenida y educativa. Y entre esta lectura también me saborié El banquete de Platón como side-dish.